En 1960 Dalton Trumbo comenzó a explorar el infierno de los griebens. Su búsqueda no le llevó a ningún paraíso, bien porque no era Virgilio su lazarillo, bien porque no había ninguna Beatriz esperándole en el otro lado, sino simplemente el hombre sin atributos, el hombre perdido. Murió dieciséis años después, con la conciencia intranquila, sabedor de que en él habitaban johnnis y griebens, víctimas y verdugos.
Si bien con Johnny cogió su fusil descendió al infierno de un herido de guerra, un mutilado que debía luchar contra sus demonios, en La noche del Uro, Trumbo, pretende comprender las razones que llevaron a
Argumentar La noche del Uro no es tarea sencilla, habida cuenta que es ante todo un fresco interesantísimo sobre aquellos años turbulentos, de orgías, de sadismo. Por eso la primera parte de la novela se centra en la iniciación sexual de Grieben, su infancia marcada por una psique llena de maldad y, sin embargo, tan parecida a la de cualquier niño. Interesado desde muy pronto por la música y la filosofía, Grieben siente una especial querencia por la virilidad que contiene toda competición, así se adentra en los deportes, y de la mano de su padre, en la caza. Con seis años mata a una ardilla de un disparo de fusil, y es aquí donde toma contacto por primera vez con la muerte:
Cortada abruptamente su sorpresa inicial por maravillas aún mayores, mi ardilla pareció dirigir lentamente su atención hacia dentro de sí misma, como si contemplara allí un milagro, alguna revelación secreta, una angustia privada no sentida hasta entonces, una maravilla demasiado extraña, demasiado urgente y conmovedora para ser compartida.
Esto no es más que un ejemplo de lo que contiene esta obra. En realidad todo gira en torno a la muerte y al sexo, pero en el fondo existe un poso de soledad que es lo que con más terneza Grieben pretende demostrar a sus posibles lectores. Argumenta sus crímenes, los defiende fehacientemente, y narra con nostalgia los acontecimientos puntales de su biografía: la ardilla escopeteada y después pisoteada, el conejillo estrangulado, el acoso a Inge en la niñez junto a su amigo Gunther, el intento de violación a Liesel Dahlen la noche del 10 de mayo de 1933 durante la quema de libros en
Espero poder demostrar aquí que, en todas las fuentes clásicas de la educación alemana, el antisemitismo es una doctrina que ha sido interminablemente remachada en la mentalidad de la juventud alemana hasta convertirla en un artículo de fe y que así ha sido durante cien años. Los nazis no la inventaron, solamente la invocaron y la llevaron a la práctica con la más rigurosa lógica germánica.
Es por tanto lógico encontrarnos a Grieben leyendo “las obras de Hitler, Rosenberg, Goebbels, Haushofer, Antón Drexler, Houston Stewart Chamberlain y autores parecidos”[4] (La noche del Uro, página 137).
En la actualidad hay dos mil uros, el tipo de toro
La obra de Trumbo es un Descenso a los Infiernos con mayúsculas, un viaje a lo más oscuro de nosotros mismos hasta toparnos con el demonio en persona, allí donde creíamos que no existiría. Trumbo, que luchó siempre por los derrotados, por las víctimas, sufrió una transformación al descubrir en él a ese antihéroe, a ese Grieben capaz de sentir la incomprensión de los otros, de llorar por los fracasos y los sueños no realizados, de revivir e incluso de visitar la casa de Ana Frank en Amsterdam, porque cree haber conocido a la niña de quince años que murió en Auschwitz, y en sus sueños se la figura su amante, mujer que le muestra en sus ojos los mismos sentimientos que le invadieron a él esos días en que la metafísica de la destrucción sacudía a toda Europa con la “solución final” que fue pactada un 20 de enero de 1942[5]:
Creo que debió de haber un instante en el tiempo cuando yo, pálido como una larva e insaciablemente hambriento de la roja carne putrefacta del vientre de mi madre, tuve mi primer deseo de culpa sin pecado, de pecado sin arrepentimiento, de arrepentimiento sin perdón. Y que en ese momento de canibalismo larval llegué, sin saberlo, a la conclusión que iba inevitablemente a gobernar mi vida: que se joda todo, que se jodan todos. Si no voy a ser perdonado, no me arrepentiré.
Pero también la crítica de Trumbo aflora desde la pluma del protagonista, así vemos la denuncia en los diarios de Grieben del desentendimiento de los aliados del Struma en febrero de 1942, un barco con casi ochocientos judíos que huían del horror nazi y fue abandonado a su suerte en el Bósforo durante dos meses y medio porque los ingleses se negaban a que llegaran ilegalmente a Palestina. Finalmente el barco se hundió, y solamente salvaron sus vidas dos de los casi ochocientos pasajeros. Y este hecho ayuda en los planteamientos antisemitas de Grieben, entendiendo que tras las miles de matanzas que ha perpetrado la humanidad, los pueblos masacrados por el colonialismo, “un puñado de judíos de los que el mundo quería librarse a toda costa” (La noche del Uro, página 243) no debe llevarle al arrepentimiento[6]:
Sabemos que hay culpa en el infierno. Sabemos que, todos los días, sudamos bajo el peso de nuestra culpa intolerable. ¿Es posible pues que no haya tampoco culpa en el cielo?
La noche del Uro no es sólo una radiografía precisa sobre la manifestación del mal en el hombre, sino que es ante todo un documento inigualable sobre el proceso de escribir, sobre la transmutación del escritor en el personaje y del personaje en el escritor, una exposición detallada sobre el arte de novelar. Trumbo, en otra de sus páginas sueltas sobre la novela que no llegó a concluir, escribe:
Aquello que Grieben aceptará finalmente lo ha dicho Sartre:
1. Que no hay redención en el mal.
2. La libertad última y definitiva es el derecho a decir «No» y a morir por él. La libertad del hombre es decir «¡No!».
***
[1]«Mis nombres de pila, derivados de Bach, Beethoven y Wagner, revelan la intención de mi padre de hacer de su único hijo un compositor, o al menos un músico» Dalton Trumbo: La noche del Uro.
[2]«La concepción del mundo desarrollada en Mi lucha es, aunque bárbara, una metafísica. De manera metafísica Hitler puso de manifiesto el sentido profundo de la realidad: construyó imágenes de la vida falsa y de la verdadera e intentó transformar el mundo conforme a esas imágenes, propósito que fue espantosamente logrado. Y sólo pudo hacerlo porque los hombres bajo su mando estaban dispuestos a participar en esa sangrienta escenificación de su metafísica. Se han barajado los más diversos motivos para explicar este respaldo, lo cual no cambia en absoluto el insólito y angustioso resultado: una sociedad al completo colaboró en trasladar a la realidad un sistema metafísico ilusorio». Rüdiger Safranski: ¿Cuánta verdad necesita el hombre?
[3]«Es interesante ver que los caudillos del “movimiento” nazi-esto vale también para Hitler, Goebbels o Speer- en lo que hace a su formación tenían tendencias teórico-artísticas en el más amplio sentido (y no, por ejemplo, politológico -histórico-jurídico-sociológicas): Hitler quería, como es sabido, estudiar en
[4]Jorge Luis Borges en Deutsches Requiem, obra acaso inspiradora de la de Trumbo, justifica a su personaje Otto Dietrich con lecturas también de megalómanos: «No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer [...]Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler».
[5]Frank Pierson, ganador de un oscar con el guión de Tarde de Perros, dirigió en 2001 Conspiration, una película-documental que recoge en 90 minutos la reunión de quince altos mandos nazis a las afueras de Berlín. Allí se decidió “
[6]«¿Cómo pudo ocurrir? ¿Por qué ocurrió? ¿Por qué las víctimas escogidas fueron precisamente los judíos? ¿Por qué los victimarios fueron precisamente los alemanes? ¿Qué papel tuvieron las restantes naciones en esta tragedia? ¿Hasta qué punto fueron también responsables los aliados? ¿Cómo es posible que los judíos cooperaran, a través de sus dirigentes, a su propia destrucción? ¿Por qué los judíos fueron al matadero como obedientes corderos?». Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén (Un estudio sobre la banalidad del mal).
http://rapidshare.com/files/236033227/la_casa_de_bernarda_alba_zombi.pdf
¿Hasta qué punto tienen que ver los “putrefactos” de Pepín Bello con los zombis de La casa de Bernarda Alba? Encontramos la respuesta en una carta que Dalí le escribió a Lorca en 1925. En ella se quejaba de que, aunque los expresionistas alemanes ya se habían encargado del tema de la denuncia de la putrefacción, lo habían hecho con saña y sin humor. “Esto es lo que distingüe los putrefactos de
La carta de Dalí aclara, por tanto, el verdadero sentido de La casa de Bernarda Alba, que debemos identificar inequívocamente como “esa obra sobre los putrefactos a la que [Pepín Bello] lleba dando bueltas desde hace tanto tiempo”. Los zombis que rodean el pueblo donde viven Bernarda Alba y sus hijas simbolizan la misma horda reaccionaria e hipócrita que hizo estallar una Guerra Civil en España, dándose la paradoja de que la misma Bernarda es incluso más reaccionaria e hipócrita que los “putrefactos” que rondan su pueblo. La casa de Bernarda Alba zombi, por tanto, no da respuestas fáciles, no señala maniqueamente con el dedo a un responsable. Todos somos culpables, nos está diciendo, con independencia de la clase social...o de si estamos vivos o muertos.
EL PRÓLOGO EN
Una de las diferencias más notables del manuscrito “z” respecto al texto de Bernarda Alba considerado canónico hasta el momento es la inclusión de un extenso prólogo. Sabemos que su autor es el mismo que el del resto de la obra, porque se repiten en él los mismos errores tipográficos o por la continuidad del estilo. La gran duda en este caso reside en saber por qué Bello optó por introducir este prólogo, del que no hay ningún indicio en la edición “original” de Bernarda Alba y las repercusiones que esta adición tienen en la estructura dramática de la obra.
El prólogo en sí no es un prólogo a la “obra”, sino un prólogo a la “fábula”. Es decir, no se trata de anotaciones, comentarios o “instrucciones” que informen al receptor de determinadas características o asuntos que un lector (habitualmente un crítico o un entendido en el tema) considera destacables. No se trata, pues de un prólogo como el que el lector está leyendo ahora mismo, sino que se trata de un prólogo, digámoslo así “diegético” puesto que está introducido dentro del mundo de ficción, aunque, al mismo tiempo, está fuera de la historia en sí, y nos prepara para ella.
Sin embargo, no entraremos aquí en esta cuestión, sino que nos centraremos en la dificultad técnica que el prólogo implica. Una dificultad importante, en tanto que plantea la cuestión de cómo concebía el propio Bello la obra, y que atañe a la transmisión del contenido. Este interrogante parte del concepto de representabilidad, y nos obliga a preguntarnos qué condiciones o qué métodos había concebido el autor para la representación teatral del prólogo. La extensión de éste, sin ser exagerada, sí es claramente excesiva para la puesta en escena, al menos para una puesta en escena ordinaria. Si a esto añadimos que el prólogo es esencial para la comprensión de algunos personajes (en especial para comprender el personaje de Pepe el Romano, verdadero protagonista ausente de la obra) es imposible no preguntarse cómo había pensado hacer llegar el texto a un hipotético público. Al fin y al cabo, escribir una obra de teatro implica escribir un texto para la dramatización, una palabra que debe salir del texto y cuyas formas han de ser representables.
No podemos ignorar que, desde los tiempos en los que la impresión de la obra teatral se concebía como mero apoyo para los actores, hasta el siglo XX, el camino de la obra de teatro escrita había seguido un camino radicalmente opuesto al que comentamos. En el siglo XX la obra de teatro tenía más que asumida su condición de producto textual autónomo y, en realidad, los movimientos de renovación teatrales buscaban más bien reconquistar las esencias “espectaculares” renovando las formas de representación. Por otra parte, autores como Shaw o el propio Valle, sin desvincularse de estas ideas de renovación (sobre todo el último) habían profundizado en el carácter inscritural del relato, unciendo con la enseña del estilo los elementos parateatrales del texto.
Teniendo en cuenta este contexto, y con las pruebas que tenemos hoy en día, podemos especular con tres destinos posibles para el prólogo:
a) La primera opción es que Bello no llegó a plantearse nunca la representación de la obra. Esta opción, de hecho, es bastante plausible, pues, como hemos visto ya, la gran obra de la vida de Bello fue, justamente, la ausencia clamorosa de legado literario. Si algún motor tuviese la obra, considerando esta opción, sería que Lorca se apropiase de ella en el futuro introduciendo los cambios que considerara oportunos. La extensión del prólogo, por tanto, no tendría ninguna importancia.
b) Pepín Bello podría haber especulado con la posibilidad de que el prólogo fuese leído por un narrador antes de dar paso a la obra. Según esta teoría, Bello se habría reservado este papel para sí mismo. Esto es lo que se deduce de una holandesa encontrada entre los papeles del manuscrito “z” en los que se lee (más bien se intuye, pues la tinta está casi borrada) el siguiente texto:
Se levanda el delón.
Bello: No hay cerdeza ni modo de obdenerla acerca de...
c) Poco después de haber visto el documental de Buñuel sobre Las Hurdes (1932) Bello escribe a Carlos García Fernández (García Fernández, 1974: 145) comentando la película. En un momento dado se lee:
Sobre aquel asunto, aún no sé cómo lo haré. Le he pedido a Luis que me ayude con los títulos y había pensado que podrías ser tú quien lo leyese. Había pensado en pintarte un bigote rizado y hacerte aparecer con un enorme bastón. Creo que será muy divertido.
Según cuenta Rubio García, Bello habría expresado en algún momento la idea de reproducir el prólogo en un cinematógrafo. La fusión del cine y el teatro ya había sido experimentada por algunos autores y estaba lo suficientemente de moda como para que Bello se plantease ironizar seriamente sobre el asunto. El plan consistiría en grabar a un actor declamando con gran ardor y gestualidad envuelto en el silencio de un cinematógrafo que todavía era esencialmente silente. Cada pocos segundos su imagen era interrumpida por intertítulos con el prólogo (Rubio, 2003: 193).
Podríamos abundar en otros aspectos y novedades que el texto de La casa de Bernarda Alba zombi aporta al que antes conocíamos, pero preferimos que los descubra el lector por sí mismo: le invitamos, por ejemplo, a localizar los sutiles anacronismos del prólogo que Pepín Bello escribió para situar ucrónicamente el tema zombi en
Aunque el objeto de esta introducción ha sido, en buena medida, demostrar la verdadera autoría de La casa de Bernarda Alba, no debe pensar el lector por esto que el mérito de Federico García Lorca es menor. Si Lorca no hubiera existido, Pepín Bello jamás la hubiera escrito; y aun en el caso de que La casa de Bernarda Alba zombi pudiera existir sin Lorca, ¿qué valor tendría de ir firmada con el nombre de otro? Si Pepín Bello le hubiera puesto su nombre, la obra hubiera sido un mero divertimento; sin embargo, firmada con el nombre de Lorca, la obra nos habla de él, de su drama oculto y, por extensión, del drama de todo un país. Felicitemos a Lorca, pues, por todas sus obras no escritas y por las que, todavía, quedan por escribir.
BIBLIOGRAFÍA
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DAVIS, Wade (1985) The Serpent and the Rainbow, Nueva York, Simon & Schuster.
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MORLA LYNCH, Carlos (1959) En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936), Madrid, Aguilar.
RUBIO GARCÍA, Juan José (2003), Renovación y desolación en el teatro español de preguerra. Universidad de Valencia, Valencia.
SANTOS TORROELLA, Rafael (1995) Los “putrefactos” de Dalí y Lorca; historia de un libro que no pudo ser, Madrid, Residencia de Estudiantes.
Detrás del objetivo, Pepín Bello:
Salí a la calle y le pedí a un fotógrafo ambulante su cámara fotográfica. Entré al Ateneo y disparé la foto con un flash de magnesio que llenó toda la sala de un humo blanco que escocía los ojos.
Pero lo que está claro es que ni la guerra ni los años nublaron la mente del extraordinario personaje que fue Pepín Bello, hombre de una basta cultura que contempló a través de su inteligencia y bondad los sucesos más importantes de nuestro siglo pasado. 103 años dan para eso y mucho más.
¿Escribió todo lo que vio? No. Él no era escritor y tampoco aspiraba a ello. ¿Para qué?
Enrique Vila-Matas nos decía en su Bartleby y compañía:
En España, Pepín Bello es el escritor del No por excelencia, el arquetipo genial del artista hispano sin obras. Bello figura en todos los diccionarios artísticos, se le reconoce una actividad excepcional, y sin embargo carece de obras, ha cruzado por la historia del arte sin ambiciones de alcanzar alguna cima: «No he escrito nunca con ánimo de publicar. Lo hice para los amigos, para reírnos, por pitorreo».
El escritor catalán lo sitúa dentro del elenco de ágrafos (no ya el de los ágrafos trágicos del que hablara Rosario Girondo, el enfermo de literatura de El mal de Montano), sino el de los ágrafos desprendidos de egolatría:
«No soy nadie», dice Pepín Bello cuando se habla con él y se hace referencia a su probado rol de galvanizador o artífice, profeta o cerebro de la generación del 27, y sobre todo del grupo que él, García Lorca, Buñuel y Dalí formaron en
No creo que Pepín Bello fuera, como dice Vila-Matas, un ágrafo. El hecho de que entre sus mejores amigos estuvieran Lorca, Buñuel y Dalí, y que se codeara de igual a igual con casi todos los intelectuales del país, no lo convierten en escritor. Y escribir tampoco significa ser escritor. Por esa línea argumentativa, acaso todo el mundo con capacidad de reproducir el alfabeto en papel sea un ágrafo en potencia. Y bueno, Bello algo dejó escrito (una pequeña obra de teatro redactada junto a Rafael Alberti que no pasaba de la media hora y que se titulaba El pobre, desaparecida, y un Hamlet experimental que escribió a cuatro manos con Buñuel, incluido en Teatro español de vanguardia y publicado en Castalia).
Señalo esto porque lo importante de Bello no fue aquello que NO escribió (algo absurdo), sino lo que vivió, en qué momento, y cómo y con qué cariño asimiló Bello sus experiencias vitales. Porque Bello no sólo fue testigo de aquellos años, sino que FUE amigo de excepción de aquéllos que SÍ escribieron (y lo hicieron a cotas tan altas que hoy se nos hace imposible alcanzar).
Leer Conversaciones con José “Pepín” Bello es viajar en la máquina del tiempo de Wells, cien años atrás, cuando Madrid era una ciudad de apenas 600.000 habitantes y
Bello nació en Huesca el 13 de mayo de 1904, y era hijo de un ingeniero de caminos especializado en la construcción de pantanos. Con 11 años ingresó en
Justo cuando mi grupo terminó el bachillerato, éste se suprimió en
La leyenda comenzaría aquí.
Una vez convertida
Bello nos cuenta cotilleos de lo más divertidos: la asexualidad de Dalí y su ignorancia en las cosas más cotidianas, o incluso la supuesta ascendencia gitana del pintor; las pesadas bromas de Buñuel o la cobardía de éste cuando practicaba el boxeo y terminaban los rounds sin ningún solo golpe; el origen de los famosos “carnuzos” y los disparatados “anaglifos” (todo invención de Bello); los primeros pasos de Lorca como dramaturgo y poeta, o los avatares que le llevaron a obtener una licenciatura de Derecho sin haber estudiado ninguna asignatura; o las deliciosas reuniones de “la desesperación del té”.
A Federico le daba miedo la madrugada, el nuevo día, especialmente cuando trasnochábamos. Empezaba a amanecer y Federico, casi histérico, nos hacía cerrar los porticotes de las ventanas. Era muy supersticioso y creía que el amanecer era el momento en el que morían los enfermos.
Y sobre Lorca, añade más tarde:
Él solía decir en broma que la única enfermedad que padecía era la putrefacción medular.
Y sobre la “putrefacción” (tema recurrente en el grupo), también hubo un proyecto de libro con dibujos de Dalí y prólogo de Lorca:
Miren, la putrefacción es una cosa un poco complicada de explicar. El libro nunca llegó a publicarse, porque Federico nunca compuso el prólogo que tanto le solicitaba Dalí.
Pero su grupo de amigos abarcaba a más gente:
Nuestro grupo se formaba básicamente por Juan Vicens, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Juan Centeno, José Moreno Villa, Diego Buidas de Dalmau, Luis Eaton Daniel, Federico García Lorca, el poeta malagueño José María Hinojosa y yo. Éramos todos enormemente wagnerianos. Fue Luis Buñuel quien nos introdujo a todos esa pasión por el gran músico alemán. Luego utilizó La muerte de Isolda de una forma obsesiva como banda sonora en Un perro andaluz.
Por las memorias contadas de Bello pasan además Dámaso Alonso, Guillermo de Torre, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Alberti, Cernuda, Aleixandre, Benavente,
A la hora de agrupar a la generación del 27, Bello no duda:
Quedarían Lorca con Alberti, Cernuda con Aleixandre, Salinas con Guillén, Altolaguirre con Prados y Dámaso Alonso con Gerardo Diego.
Las revelaciones de Bello también pueden llegar a ser, en numerosas ocasiones, polémicas, pero es que no siempre llueve a gusto de todos. Esto lo podemos ver más claramente en la parte central del libro.
[…] Yo a Negrín no le tenía ninguna ley. Me parecía un hombre abominable. Era una persona totalmente rechazable, de deshonesto, de amoral, de borracho, de mujeriego, y de codicioso. A mí no me gustaba nada. Besteiro me explicó que la mayoría de los dirigentes de las otras organizaciones republicanas, entre ellos Indalecio Prieto, se sentían secuestrados bajo el dominio del terror de ese canalla.
Especialmente conmovedoras son las páginas en las que Bello habla sobre la muerte de Lorca.
Me la tomé con tristeza, pero con bastante filosofía. Yo a Federico lo quería entrañablemente, y sentí su muerte con toda mi alma. Han de pensar que en tiempo de guerra uno convive con la muerte a diario. Si me hubiese cogido en otro momento, estando yo tranquila y felizmente en mi casa, hubiese sido un shock mucho más grande. Pero en medio de la guerra, después de que mataran a mi hermano, de ver desaparecer a otros amigos, y de todas las fatalidades y penurias que tuve que pasar, uno parece que ya no se extraña ante nada.
[…]
Los republicanos utilizaron su muerte elevándolo a mártir. ¡Eso es una salvajada! Federico nunca tuvo nada que ver con la política, a diferencia de Rafael Alberti o de Miguel Hernández, que tanto se involucraron con la causa republicana y durante ese período tanto comprometieron su poesía. […] Federico estaba a favor de los que sufrían, del sufrimiento humano y universal, ya fueran pobres, gitanos, negros, ricos, aristócratas o reyes. Era la persona más apolítica que he conocido en toda mi vida.
Y a la pregunta del entrevistador recordándole a Bello que Lorca firmó el Manifiesto de Escritores Antifascistas, Bello contesta:
Eso no quiere decir nada, yo también lo firmé.
También nos cuenta cómo habló con un alto cargo falangista y le avisó:
“Mire usted, lo que tienen que hacer es no perder un instante: desde ahora mismo, desde ayer, ya, reivindiquen la memoria de Federico García Lorca […], que no pase más tiempo sin que en Madrid se le ponga una calle, una avenida, un teatro o una estatua. Inmediatamente, ¡ya!, con el nombre de Federico García Lorca. Si no lo hacen, se van a acordar”.
Sobre la exhumación de los restos mortales de Lorca, dice:
Estoy totalmente en contra. Muy de acuerdo con los descendientes de García Lorca, que también se niegan en redondo a la exhumación de los restos de Federico. Todo este tema tiene algo de propagandístico que se me hace insoportable.
Conversaciones con José “Pepín” Bello es, más que una lectura recomendable, una lectura necesaria para acercarnos a una de las épocas más brillantes y atroces de nuestra Historia. Su siglo largo de vida no necesitaba de los libros que muchos le pedían. Bastaba con unas charlas de amigo, y el cómputo de todo lo vivido, lo resumía así:
Pues si me dieran a elegir entre el haber existido y el no haber existido, preferiría no haber existido. ¡Claro, mucho mejor! Ya decía Pío Baroja con gran sabiduría que el mundo era la obra de un aficionado.
Quizás no fuera un ágrafo como decía Vila-Matas, pero sí era un Bartleby de pura cepa.
Murió el 11 de enero de 2008.
Descubrí a Iris Murdoch hace unos 14 años, rastreando las baldas de la biblioteca de mi Facultad. En un extremo había una colección muy completa con títulos de Espasa Calpe, nuevecitos (supongo que los lectores del campus tiraban más del fondo de la biblioteca, para lo que había que esperar unos quince minutos a que los bibliotecarios de la planta baja dieran con el ejemplar solicitado y lo pusieran en el ascensor). Durante un tiempo estuve inaugurando la lectura de esos libros, doblando las puntas de las páginas en las partes que más me interesaban, y después volviendo a desdoblar las puntas cuando devolvía el libro (eso de doblar puntas no está nada bien, niños, porque con los años la hoja envejece y se suele partir por los dobleces).
Con el de Murdoch fue leer las primeras líneas y quedarme prendado de su prosa limpia y rítmica. Se llamaba Bajo la red y había sido la primera novela publicada de la autora cuando contaba 35 años. Según se decía en el prólogo hubiera bastado esta novela para que a Iris Murdoch se la recordara como a una de las más grandes escritoras que ha dado la lengua anglosajona. Más tarde, Harold Bloom dijo de ella que “habría que remontarse a George Eliot para encontrar un equivalente a Iris Murdoch”.
De hecho, la escritora y filósofa nacida en Dublín en 1919, hubiera sido un importante escollo para Doris Lessing en la obtención del premio Nobel (no sin razón, Elias Canetti, que solamente con Auto de fe ya apuntaba maneras de Nobel, fue amante de Iris durante tres años, como lo explica en su controvertida Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses). Pero dejó el camino abierto a la autora británica (nacida el mismo año que Murdoch en la antigua Persia) tras morir en 1999 habiendo padecido los estragos del Alzheimer. Sobre sus últimos días recomiendo Iris, dirigida en 2002 por Richard Eyre y con una bellísima Kate Winslet haciendo el papel de Iris Murdoch en sus años jóvenes.
Después de Bajo la red leí El mar, el mar (publicado en una editorial que no recuerdo), con el que la autora obtuvo el premio Booker en 1978.
Y llegamos a la actualidad. Hace unos meses me encontré con que DEBOLS!LLO estaba rescatando los títulos de Iris Murdoch (últimamente, con la crisis, los libros de bolsillo son mi única opción posible), y no pude resistirme.
Lo primero que nos llama la atención del libro es el prólogo firmado por Álvaro Pombo. Parece ser que el autor hizo un curso en el City Litterary Institute de Londres y le tocó leer La campana de Murdoch. Salió encantado, por lo que dice en el resto del prólogo. También dice que “sólo con Patricia Highsmith he experimentado yo análogo tirón, que impide dejar cualquiera de las novelas de estas autoras una vez empezadas y a su vez nos impulsa a adquirir una tras otra todas las obras que publican año tras año”, y estoy completamente de acuerdo, de hecho yo sentí lo mismo por Highsmith en esos años de baldas vírgenes, sin embargo para adquirir los suyos tenía que recurrir al fondo bibliotecario. Aunque también hay otra escritora que nos lleva de la mano como las otras dos: Daphne Du Maurier (la autora poco recordada de Rebeca y Los pájaros).
Dicho esto, señalar que Iris Murdoch es fiel a sus inquietudes en El príncipe negro: la literatura, el amor y las siempre difíciles relaciones humanas.
El protagonista y narrador de El príncipe negro es Bradley Pearson, un escritor serio y de poco éxito que ha tirado su vida trabajando en Hacienda. Una vez jubilado de su cómodo puesto de funcionario, piensa que tiene todo el tiempo del mundo. Ha llegado la hora de ponerse a escribir como un cosaco. Pero está en blanco. No le queda otra cosa que vivir (la vida le reportará la experiencia para salir del bloqueo creativo). Y su vida se torna en frenética correveidile en donde su ex mujer, Christian (con la que estuvo cinco años casado), vuelve a hacer acto de presencia; junto con su ex cuñado, Francis Marloe (médico retirado forzosamente por chanchullos varios); el mejor amigo de Bradley, Arnold Baffin (escritor prolífico y de éxito); la mujer de su mejor amigo, Rachel (enamorada de Bradley); Priscilla, la hermana de Bradley (que se ha separado de su marido porque éste tenía una amante); Julian, la hija de Arnold y Rachel (que quiere ser una escritora seria y pide consejo a Bradley)… Vale, seguro que alguno estará pensando en la famosa serie de Enredo. Yo también.
Y es que las novelas de Murdoch son justamente eso: la vida simple y descarnada (como la de cualquier persona) que se convierte en novela. Así y todo, la reflexión sobre esa vida nos la encontramos desde el principio de sus páginas. Bradley Pearson nos dice:
Soy escritor. “Escritor” es efectivamente la descripción general más simple y a la vez más justa de mi persona. En la medida en que soy también psicólogo, filósofo aficionado, estudioso de las cuestiones humanas, soy todo esto porque es parte de la clase de escritor que soy. Siempre he sido un buscador. Y mi búsqueda ha adoptado la forma de ese intento de contar la verdad al que acabo de referirme. He conservado, así lo creo y espero, puro mi don. Esto significa, entre otras cosas, que nunca he sido un escritor de éxito. Nunca he tratado de ser complaciente a expensas de la verdad. He conocido, durante largas épocas, el tormento de una vida carente de autoexpresión. El más eficaz y sagrado precepto que puede imponérsele a un artista es el mandato: espera. El arte tiene sus mártires, y no son los menores quienes han preservado su silencio. Hay, me arriesgo a decir, santos del arte que han preferido esperar mudos toda su vida antes de profanar la pureza de un solo pasaje con algo que no fuera perfectamente apropiado y bello, es decir, con algo que no fuera verdad”.
El príncipe negro no es lo que parece a simple vista (tampoco Hamlet lo era). La frenética novela que nos propone Murdoch se sostiene en un extraño andamiaje que solamente llegamos a vislumbrar al final de la historia (y ni siquiera eso, porque es al concluir el libro cuando, acaso, la novela cobre vida como pocos escritos son capaces de hacer). Pienso en 1984 y en la desazón que, de joven, me causó su lectura. Terminé el libro y me di cuenta de que toda esa maravillosa historia de amor entre Winston Smith y Julia había sido orquestada desde el principio por el Gran Hermano y uno de sus brazos ejecutores: el Ministerio del Amor. Sentí como si Orwell no hubiera sido el verdadero demiurgo, como si la composición de la propia novela hubiera corrido a cargo de un horrible Ministerio de
Explicar con pocas palabras el argumento de El príncipe negro es una tarea ardua y algo que no beneficia en nada al lector de estas líneas. Estaríamos malogrando fieles para Murdoch. Pero sí puedo señalar dos líneas importantes: el amor que sentirá Bradley por Julia (curiosa similitud en el nombre que nos vuelve a llevar a 1984) y la difícil relación de Bradley con su amigo Arnold.
Sobre relaciones conflictivas entre escritores ya escribió Bernard Malamud una espléndida novela titulada Los inquilinos, en 1971 (treinta y cuatro años después, Danny Green realizó una fiel adaptación en cine en The tenants) y Martin Amis nos regaló en 1995 su visión desgarradora de la amistad entre escritores en La información.
La novela de Murdoch está más cerca en el tiempo de Los inquilinos, ya que vio la luz en 1973. Pero son novelas distintas, todo hay que decirlo.
Particularmente no me dejaría llevar tanto por la emoción si no fuera por las páginas finales de El príncipe negro (es una novela larga y uno acaba agotado de tanto trajín): por el epílogo de Bradley Pearson y los otros cuatro epílogos de “Dramatis personae”. La verdad es que no sé si se trata de una burda trampa improvisada de Murdoch o algo que ya iba con la idea inicial de la novela, pero el efecto de los epílogos señalados es sorprendente (no diré más). Lo que tengo muy claro es que la novela merece esta reseña solamente por sus últimas páginas, de lo contrario hoy hubiera hablado de otra cosa.
Las preguntas que le asaltarán al lector son: ¿Quién miente a lo largo de la novela? ¿Qué hay de verdad en sus más de 500 páginas? ¿Qué ocultos intereses mueven a los personajes? ¿Es Bradley Pearson sincero o ha perdido la chaveta y no distingue la realidad de la ficción? Y es que la magia de la literatura estriba en abrir túneles alternativos a esa realidad y en dotarla de posibles significados. Vale.
Acto tercero
Cuatro paredes blancas ligeramente azuladas del patio interior de la casa de Bernarda. Está anocheciendo. El decorado ha de ser de una perfecta simplicidad. Las puertas, iluminadas por la luz de los interiores, dan un tenue fulgor a la escena. En el centro, una mesa con un quinqué, donde están comiendo Bernarda y sus hijas. La Poncia las sirve. Prudencia está sentada aparte.
(Al levantarse el telón hay un gran silencio, interrumpido por el ruido de platos y cubiertos.)
Prudencia: Ya me voy. Os he hecho una visita larga. (Se levanta.)
Bernarda: Espérate, mujer. No nos vemos nunca.
Prudencia: ¿Han dado el último toque de queda?
La Poncia: Todavía no.
(Prudencia se sienta.)
Bernarda: ¿Y tu marido cómo sigue?
Prudencia: Igual.
Bernarda: Tampoco lo vemos.
Prudencia: Ya sabes sus costumbres. Desde que mató a sus hermanos no ha salido por la puerta de la calle. Pone una escalera y salta las tapias del corral.
Bernarda: Ya estaban muertos, Prudencia. Tu marido es un verdadero hombre. ¿Y con tu hija...?
Prudencia: No la ha perdonado.
Bernarda: Hace bien.
Prudencia: No sé qué te diga. Yo sufro por esto.
Bernarda: Una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en una enemiga.
Prudencia: Yo dejo que el agua corra. No me queda más consuelo que refugiarme en la iglesia, pero como me estoy quedando sin vista tendré que dejar de venir para que no jueguen con una los chiquillos. (Se oye un gran golpe, como dado en los muros.) ¿Qué es eso?
Bernarda: El caballo garañón, que está encerrado y da coces contra el muro. (A voces.) ¡Trabadlo y que salga al corral! ( En voz baja.) Debe tener calor.
Prudencia: ¿Vais a echarle las potras nuevas?
Bernarda: Al amanecer.
Prudencia: Has sabido acrecentar tu ganado.
Bernarda: A fuerza de dinero y sinsabores.
La Poncia: (Interviniendo.) ¡Pero tiene la mejor manada de estos contornos! Es una lástima que esté bajo de precio.
Bernarda: ¿Quieres un poco de queso y miel?
Prudencia: Estoy desganada.
(Se oye otra vez el golpe.)
La Poncia: ¡Por Dios!
Prudencia: ¡Me ha retemblado dentro del pecho!
Bernarda: (Levantándose furiosa) ¿Hay que decir las cosas dos veces? ¡Echadlo que se revuelque en los montones de paja! (Pausa, y como hablando con los gañanes.) Pues encerrad las potras en la cuadra, pero dejadlo libre, no sea que nos eche abajo las paredes. (Se dirige a la mesa y se sienta otra vez.) ¡Ay, qué vida!
Prudencia: Bregando como un hombre.
Bernarda: Así es. (Adela se levanta de la mesa.) ¿Dónde vas?
Adela: A beber agua.
Bernarda: (En alta voz.) Trae un jarro de agua fresca. (A Adela.) Puedes sentarte. (Adela se sienta.)
Prudencia: Y Angustias, ¿cuándo se casa?
Bernarda: Vienen a pedirla dentro de tres días.
Prudencia: ¡Estarás contenta!
Angustias: ¡Claro!
Amelia: (A Magdalena.) ¡Ya has derramado la sal!
Magdalena: Peor suerte que tienes no vas a tener.
Amelia: Siempre trae mala sombra.
Bernarda: ¡Vamos!
Prudencia: (A Angustias.) ¿Te ha regalado ya el anillo?
Angustias: Mírelo usted. (Se lo alarga.)
Prudencia: Es precioso. Tres perlas. En mi tiempo las perlas significaban lágrimas.
Angustias: Pero ya las cosas han cambiado.
Adela: Yo creo que no. Las cosas significan siempre lo mismo, y si antes eran lágrimas, ahora son llantos e histeria. Los anillos de pedida deben ser de diamantes.
Prudencia: Es más propio.
Bernarda: Con perlas o sin ellas las cosas son como una se las propone.
Martirio: O como Dios dispone.
Prudencia: Los muebles me han dicho que son preciosos.
Bernarda: Dieciséis mil reales he gastado.
La Poncia: (Interviniendo.) Lo mejor es el armario de luna.
Prudencia: Nunca vi un mueble de éstos.
Bernarda: Nosotras tuvimos arca.
Prudencia: Lo preciso es que todo sea para bien.
Adela: Que nunca se sabe.
Bernarda: No hay motivo para que no lo sea.
(Se oyen lejanísimas unas campanas.)
Prudencia: El último toque. (A Angustias.) Ya vendré a que me enseñes la ropa.
Angustias: Cuando usted quiera.
Prudencia: Buenas noches nos dé Dios, sin muertos ni sobresaltos.
Bernarda: Adiós, Prudencia.
Las cinco a la vez: Vaya usted con Dios.
(Pausa. Sale Prudencia.)
Bernarda: Ya hemos comido. (Se levantan.)
Adela: Voy a llegarme hasta el portón para estirar las piernas y tomar un poco el fresco.
Bernarda: (Preocupada.) Que el poco sea más bien poco. Ya casi no hay sol.
(Magdalena se sienta en una silla baja retrepada contra la pared.)
Amelia: Yo voy contigo.
Martirio: Y yo.
Adela: (Con odio contenido.) No me voy a perder.
Amelia: La anochecida quiere compaña.
(Salen. Bernarda se sienta y Angustias está arreglando la mesa.)
Bernarda: Ya te he dicho que quiero que hables con tu hermana Martirio. Lo que pasó del retrato fue una broma y lo debes olvidar.
Angustias: Usted sabe que ella no me quiere.
Bernarda: Cada uno sabe lo que piensa por dentro. Yo no me meto en los corazones, pero quiero buena fachada y armonía familiar. ¿Lo entiendes?
Angustias: Sí.
Bernarda: Pues ya está.
Magdalena: (Casi dormida.) Además, ¡si te vas a ir antes de nada! (Se duerme.)
Angustias: Tarde me parece.
Bernarda: ¿A qué hora terminaste anoche de hablar?
Angustias: A las doce y media.
Bernarda: ¿Qué cuenta Pepe?
Angustias: Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones».
Bernarda: Es un valiente por salir de noche, por muy bien armado que salga. No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos.
Angustias: Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas.
Bernarda: No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás.
Angustias: Debía estar contenta y no lo estoy.
Bernarda: Eso es lo mismo.
Angustias: Muchas veces miro a Pepe con mucha fijeza y se me borra a través de los hierros, como si lo tapara una nube de polvo de las que levantan los rebaños.
Bernarda: Eso son cosas de debilidad.
Angustias: ¡Ojalá!
Bernarda: ¿Viene esta noche?
Angustias: No. Tiene a su madre enferma.
Bernarda: (Desconfiada.) ¿Enferma?
Angustias: Nada grave; algo de la espalda.
Bernarda: Así nos acostaremos antes. ¡Magdalena!
Angustias: Está dormida.
(Entran Adela, Martirio y Amelia, y cierran el portón.)
Amelia: ¡Ya la noche se extiende por los campos!
Adela: Y las sombras de los muertos se recortan en el olivar.
Martirio: Una buena noche para los que ya no tienen espíritu, para el que necesite esconderse de sus crímenes.
Adela: El caballo garañón estaba en el centro del corral. ¡Blanco! Doble de grande, llenando todo lo oscuro.
Amelia: Es verdad. Daba miedo. ¡Parecía una aparición!
Adela: Tiene el cielo unas estrellas como puños.
Martirio: Ésta se puso a mirarlas de modo que se iba a tronchar el cuello.
Adela: ¿Es que no te gustan a ti?
Martirio: A mí las cosas de tejas arriba no me importan nada. Con lo que pasa a campo abierto tengo bastante.
Adela: Así te va a ti.
Bernarda: A ella le va en lo suyo como a ti en lo tuyo.
Angustias: Buenas noches.
Adela: ¿Ya te acuestas?
Angustias: Sí, esta noche no viene Pepe. (Sale.)
Adela: Madre, ¿por qué cuando se corre una estrella o luce un relámpago se dice:
Santa Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita?
Bernarda: Los antiguos sabían muchas cosas que hemos olvidado.
Amelia: Yo cierro los ojos para no verlas.
Adela: Yo no. A mí me gusta ver correr lleno de lumbre lo que está quieto y quieto años enteros.
Martirio: Pero estas cosas nada tienen que ver con nosotros.
Bernarda: Y es mejor no pensar en ellas.
Adela: ¡Qué noche más hermosa! Ojalá pudiera quedarme hasta muy tarde para disfrutar el fresco del campo.
Bernarda: ¡Qué cosas hay que oír! Frescos te iban a dejar los huesos. Ya hay que acostarse. ¡Magdalena!
Amelia: Está en el primer sueño.
Bernarda: ¡Magdalena!
Magdalena: (Disgustada.) ¡Dejarme en paz!
Bernarda: ¡A la cama!
Magdalena: (Levantándose malhumorada.) ¡No la dejáis a una tranquila! (Se va refunfuñando.)
Amelia: Buenas noches. (Se va.)
Bernarda: Andar vosotras también.
Martirio: ¿Cómo es que esta noche no viene el novio de Angustias?
Bernarda: Tiene a su madre enferma.
Martirio: (Mirando a Adela.) ¡Ah!
Adela: Hasta mañana. (Sale.)
(Martirio bebe agua y sale lentamente mirando hacia la puerta del corral. Sale La Poncia.)
La Poncia: ¿Estás todavía aquí?
Bernarda: Disfrutando este silencio y sin lograr ver por parte alguna «la cosa tan grande» que aquí pasa, según tú.
La Poncia: Bernarda, dejemos esa conversación.
Bernarda: En esta casa no hay un sí ni un no. Mi vigilancia lo puede todo.
La Poncia: No pasa nada por fuera. Eso es verdad. Tus hijas están y viven como metidas en alacenas. Pero ni tú ni nadie puede vigilar por el interior de los pechos.
Bernarda: Mis hijas tienen la respiración tranquila.
La Poncia: Eso te importa a ti, que eres su madre. A mí, con servir tu casa tengo bastante.
Bernarda: Ahora te has vuelto callada.
La Poncia: Me estoy en mi sitio, y en paz.
Bernarda: Lo que pasa es que no tienes nada que decir. Si en esta casa hubiera hierbas, ya te encargarías de traer a pastar las ovejas del vecindario.
La Poncia: Yo tapo más de lo que te figuras.
Bernarda: ¿Sigue tu hijo viendo a Pepe a las cuatro de la mañana? ¿Siguen diciendo todavía la mala letanía de esta casa?
La Poncia: No dicen nada.
Bernarda: Porque no pueden. Porque no hay carne donde morder. ¡A la vigilia de mis ojos se debe esto! A veces no sé quién son verdaderamente los zombis, si los vivos o los muertos.
La Poncia: Bernarda, yo no quiero hablar porque temo tus intenciones. Pero no estés segura.
Bernarda: ¡Segurísima!
La Poncia: ¡A lo mejor, de pronto, cae un rayo! ¡A lo mejor, de pronto, la rabia de la infección se extiende por esta casa!
Bernarda: Aquí no pasará nada. Ya estoy alerta contra tus suposiciones.
La Poncia: Pues mejor para ti.
Bernarda: ¡No faltaba más!
Criada: (Entrando.) Ya terminé de fregar los platos. ¿Manda usted algo, Bernarda?
Bernarda: (Levantándose.) Nada. Yo voy a descansar.
La Poncia: ¿A qué hora quiere que la llame?
Bernarda: A ninguna. Esta noche voy a dormir bien. (Se va.)
La Poncia: Cuando una no puede con el mar lo más fácil es volver las espaldas para no verlo.
Criada: Es tan orgullosa que ella misma se pone una venda en los ojos.
La Poncia: Yo no puedo hacer nada. Quise atajar las cosas, pero ya me asustan demasiado. ¿Tú ves este silencio? Pues hay una tormenta en cada cuarto. El día que estallen nos barrerán a todas. Yo he dicho lo que tenía que decir.
Criada: Bernarda cree que nadie puede con ella y no sabe la fuerza que tiene un hombre entre mujeres solas. Yo lo temería más que dejar de noche el portón abierto para que entraran las sombras.
La Poncia: No es toda la culpa de Pepe el Romano. Es verdad que el año pasado anduvo detrás de Adela, y ésta estaba loca por él, pero ella debió estarse en su sitio y no provocarlo. Un hombre es un hombre.
Criada: Hay quien cree que habló muchas noches con Adela.
La Poncia: Es verdad. (En voz baja) Y otras cosas.
Criada: No sé lo que va a pasar aquí.
La Poncia: A mí me gustaría cruzar el mar y dejar esta casa de guerra.
Criada: Es España entera la que está en guerra contra los muertos, contra su memoria.
La Poncia: Algo de verdad hay en lo que dices.
Criada: Bernarda está aligerando la boda y es posible que nada pase.
La Poncia: Las cosas se han puesto ya demasiado maduras. Adela está decidida a lo que sea, y las demás vigilan sin descanso.
Criada: ¿Y Martirio también?
La Poncia: Ésa es la peor. Es un pozo de veneno, como el del patio, de donde bebió mi pobre nietecito. Ve que el Romano no es para ella y hundiría el mundo si estuviera en su mano.
Criada: ¡Es que son malas!
La Poncia: Son mujeres sin hombre, nada más. En estas cuestiones se olvida hasta la sangre. ¡Chisssssss! (Escucha.)
Criada: ¿Qué pasa?
La Poncia: (Se levanta.) Están ladrando los perros.
Criada: Debe haber pasado alguien por el portón.
La Poncia: ¿Vivo o muerto?
(Sale Adela en enaguas blancas y corpiño.)
La Poncia: ¿No te habías acostado?
Adela: Voy a beber agua. (Bebe en un vaso de la mesa.)
La Poncia: Yo te suponía dormida.
Adela: Me despertó la sed. Y vosotras, ¿no descansáis?
Criada: Ahora.
(Sale Adela.)
La Poncia: Vámonos.
Criada: Ganado tenemos el sueño. Bernarda no me deja descansar en todo el día.
La Poncia: Llévate la luz.
Criada: Los perros están como locos.
La Poncia: No nos van a dejar dormir.
(Salen. La escena queda casi a oscuras. Sale María Josefa con una oveja en los brazos.)
María Josefa:
Ovejita, niño mío,
vámonos a la orilla del mar.
La hormiguita estará en su puerta,
yo te daré la teta y el pan.
Bernarda,
cara de leoparda.
Magdalena,
cara de hiena.
¡Ovejita!
Meee, meee.
Vamos a los ramos del portal de Belén. (Ríe.)
Ni tú ni yo queremos dormir.
La puerta sola se abrirá
y en la playa nos meteremos
en una choza de coral.
Bernarda,
cara de leoparda.
Magdalena,
cara de hiena.
¡Ovejita!
Meee, meee.
Vamos a los ramos del portal de Belén!
(Se va cantando. Entra Adela. Mira a un lado y otro con sigilo, y desaparece por la puerta del corral. Sale Martirio por otra puerta y queda en angustioso acecho en el centro de la escena. También va en enaguas. Se cubre con un pequeño mantón negro de talle. Sale por enfrente de ella María Josefa.)
Martirio: Abuela, ¿dónde va usted?
María Josefa: ¿Vas a abrirme la puerta? ¿Quién eres tú?
Martirio: ¿Cómo está aquí? Sabes perfectamente que el portón no se abre de noche.
María Josefa: Me escapé. ¿Tú quién eres?
Martirio: Vaya a acostarse.
María Josefa: Tú eres Martirio, ya te veo. Martirio, cara de martirio. ¿Y cuándo vas a tener un niño? Yo he tenido éste.
Martirio: ¿Dónde cogió esa oveja?
María Josefa: Ya sé que es una oveja. Pero, ¿por qué una oveja no va a ser un niño? Mejor es tener una oveja que no tener nada. Bernarda, cara de leoparda. Magdalena, cara de hiena.
Martirio: No dé voces.
María Josefa: Es verdad. Está todo muy oscuro. Como tengo el pelo blanco crees que no puedo tener crías, y sí, crías y crías y crías. Este niño tendrá el pelo blanco y tendrá otro niño, y éste otro, y todos con el pelo de nieve, seremos como las olas, una y otra y otra. Luego nos sentaremos todos, y todos tendremos el cabello blanco y seremos espuma. ¿Por qué aquí no hay espuma? Aquí no hay más que mantos de luto, como el que cubre la noche.
Martirio: Calle, calle.
María Josefa: Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate y luego ella me lo traía a mí, y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. Yo tengo que marcharme, pero tengo miedo de que los perros y los muertos me muerdan. ¿Me acompañarás tú a salir del campo? Yo quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas, y las vecinas acostadas en sus camas con sus niños chiquitos, y los hombres fuera, sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo. No granos de trigo, no. ¡Ranas sin lengua!
Martirio: (Enérgica.) Vamos, váyase a la cama. (La empuja.)
María Josefa: Sí, pero luego tú me abrirás, ¿verdad?
Martirio: De seguro.
María Josefa: (Llorando.)
Ovejita, niño mío,
vámonos a la orilla del mar.
La hormiguita estará en su puerta,
yo te daré la teta y el pan.
(Sale. Martirio cierra la puerta por donde ha salido María Josefa y se dirige a la puerta del corral. Allí vacila, pero avanza dos pasos más.)
Martirio: (En voz baja.) Adela. (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.) ¡Adela!
(Aparece Adela. Viene un poco despeinada.)
Adela: ¿Por qué me buscas?
Martirio: ¡Deja a ese hombre!
Adela: ¿Quién eres tú para decírmelo?
Martirio: No es ése el sitio de una mujer honrada.
Adela: ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!
Martirio: (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.
Adela: Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
Martirio: Hay más muertos bajo las estrellas, no lo olvides. Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.
Adela: Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.
Martirio: Yo no permitiré que lo arrebates. El se casará con Angustias.
Adela: Sabes mejor que yo que no la quiere.
Martirio: Lo sé.
Adela: Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.
Martirio: (Desesperada.) Sí.
Adela: (Acercándose.) Me quiere a mí, me quiere a mí.
Martirio: Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.
Adela: Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere. A mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias. Pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, ¡lo quieres!
Martirio: (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!
Adela: (En un arranque, y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
Martirio: ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es la tuya, y aunque quisiera verte como hermana no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)
Adela: Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio: ¡No será!
Adela: Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Es su saliva lo que me domina por dentro. Seré lo que él quiera que sea. Me iré con él a la noche sin alma. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio: ¡Calla!
Adela: Sí, sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias. Ya no me importa. ¡No sabes nada de Pepe! ¡Nadie puede ni imaginarlo! Pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio: Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela: No a ti, que eres débil: a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique. Es el poder que me ha dado Pepe el Romano. Porque él también es fuerte como una de esas legiones de Cesar Augusto. ¿Por qué crees que no le teme a la noche? ¿Has escuchado su escopeta en alguna de sus salidas? Los zombis le respetan por algo.
Martirio: No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela: Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola, en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca. Para mí ahora sois todos unos extraños.
(Se oye una voz de ultratumba y Adela corre a la puerta, pero Martirio se le pone delante.)
Martirio: ¿Dónde vas?
Adela: (Con espumarajos saliendo de su boca.) ¡Quítate de la puerta!
Martirio: ¡Pasa si puedes!
Adela: ¡Aparta! (Lucha.)
Martirio: (A voces.) ¡Madre, madre!
Adela: ¡Déjame!
(Aparece Bernarda. Sale en enaguas con un mantón negro.)
Bernarda: Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos!
Martirio: (Señalando a Adela.) ¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo!
Bernarda: ¡Esa es la cama de las mal nacidas! (Se dirige furiosa hacia Adela.)
Adela: (Haciéndole frente.) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata un bastón a su madre y lo parte en dos.) Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más o hago lo mismo con su cuello. ¡En mí no manda nadie más que Pepe!
(Sale Magdalena.)
Magdalena: ¡Adela!
(Salen la Poncia y Angustias.)
Adela: Yo soy su mujer. (A Angustias.) Entérate tú y ve al corral a decírselo. Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león. Él es el Señor de los muertos.
Angustias: ¡Dios mío! Bernarda: ¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta? (Sale corriendo.)
(Aparece Amelia por el fondo, que mira aterrada, con la cabeza sobre la pared. Sale detrás Martirio.)
Adela: ¡Nadie podrá conmigo! (Va a salir.)
Angustias: (Sujetándola.) De aquí no sales con tu cuerpo en triunfo, ¡ladrona! ¡deshonra de nuestra casa!
Magdalena: ¡Déjala que se vaya donde no la veamos nunca más!
(Suena un disparo.)
Bernarda: (Entrando.) Atrévete a buscarlo ahora.
Martirio: (Entrando.) Se acabó Pepe el Romano.
Adela: ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe! (Sale corriendo.)
La Poncia: ¿Pero lo habéis matado?
Martirio: Era una de esas bestias. Parecía normal, pero la infección corría por sus venas.
Bernarda: Ya me parecía raro que se moviera tan alegremente en la noche. Y el maldito ha infectado a mi Adela.
Magdalena: Para algo servirán las medicinas.
Martirio: ¿Todavía creéis en remedios de abuela? No hay atutía.
La Poncia: Maldita.
Magdalena: ¡Endemoniada!
Bernarda: Martirio tiene razón. (Levantando la escopeta y apuntando hacia la puerta.) Hay que terminar lo que se empieza. (Se oye como un golpe.) ¡Adela! ¡Adela!
La Poncia: (En la puerta.) ¡Abre!
Bernarda: Abre. No creas que los muros defienden de la vergüenza.
Criada: (Entrando.) ¡Se han levantado los vecinos!
Bernarda: (En voz baja, como un rugido.) ¡Abre, porque echaré abajo la puerta! (Pausa. Todo queda en silencio) ¡Adela! (Se retira de la puerta.) ¡Trae un martillo! (La Poncia da un empujón y entra. Al entrar da un grito y sale.) ¿Qué?
La Poncia: (Se lleva las manos al cuello.) ¡Nunca tengamos ese fin!
(Las hermanas se echan hacia atrás. La Criada se santigua. Bernarda da un grito y avanza.)
La Poncia: ¡No entres!
Bernarda: No. ¡Yo no!
La Poncia: Nadie traído por Dios se ahorca y se mueve como si nada hubiera pasado.
Bernarda: ¡Descolgarla y descabellarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dirá nada! ¡Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.
Martirio: Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.
Bernarda: Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!
Día viernes 19 de junio, 1936-lunes 13 de abril, 2009
Acto segundo
Habitación blanca del interior de la casa de Bernarda. Las puertas de la izquierda dan a los dormitorios. Las hijas de Bernarda están sentadas en sillas bajas, cosiendo. Magdalena borda. Con ellas está la Poncia.
Angustias: Ya he cortado la tercera sábana.
Martirio: Le corresponde a Amelia.
Magdalena: Angustias, ¿pongo también las iniciales de Pepe?
Angustias: (Seca.) No.
Magdalena: (A voces.) Adela, ¿no vienes?
Amelia: Estará echada en la cama.
La Poncia: Ésa tiene algo. La encuentro sin sosiego, temblona, asustada, como si tuviera una lagartija entre los pechos. No me extrañaría nada que nos diera un susto.
Martirio: No tiene ni más ni menos que lo que tenemos todas.
Magdalena: Todas, menos Angustias.
Angustias: Yo me encuentro bien, y al que le duela que reviente.
Magdalena: Desde luego hay que reconocer que lo mejor que has tenido siempre ha sido el talle y la delicadeza.
Angustias: Afortunadamente pronto voy a salir de este infierno.
Magdalena: ¡A lo mejor no sales! Recuerda que la muerte ronda por toda España, ¿o te crees que el guirigay solamente pasa en este pueblo?
Martirio: ¡Dejar esa conversación!
Angustias: Y, además, ¡mas vale onza en el arca que ojos negros en la cara!
Magdalena: Una cosa no esquiva la otra. Lo que tú digas por un oído me entra y por otro me sale.
Amelia: (A la Poncia.) Abre la puerta del patio a ver si nos entra un poco el fresco.
(La Poncia lo hace.)
Martirio: Esta noche pasada no me podía quedar dormida del calor.
Amelia: ¡Yo tampoco!
Magdalena: Yo me levanté a refrescarme. Había un nublo negro de tormenta y hasta cayeron algunas gotas. Luego cerré la ventana porque la noche olía a muerto y se escuchaban cuerpos arrastrándose.
La Poncia: Era la una de la madrugada y salía fuego de la tierra. También me levanté yo. Todavía estaba Angustias con Pepe en la ventana. Llevaba la escopeta.
Magdalena: (Con ironía.) ¿Tan tarde? Mucho se la juega el muchacho. Eso sí que es un Romeo. ¿A qué hora se fue?
Angustias: Magdalena, ¿a qué preguntas, si lo viste?
Amelia: Se iría a eso de la una y media.
Angustias: Sí. ¿Tú por qué lo sabes?
Amelia: Lo sentí toser y oí los pasos de su jaca.
La Poncia: ¡Pero si yo lo sentí marchar a eso de las cuatro!
Angustias: ¡No sería él! ¿O ahora vas a pensar que todos los que llegan por la noche son mi Pepe?
La Poncia: ¡Estoy segura!
Amelia: A mí también me pareció...
Magdalena: ¡Qué cosa más rara!
(Pausa.)
La Poncia: Oye, Angustias, ¿qué fue lo que te dijo la primera vez que se acercó a tu ventana?
Angustias: Nada. ¡Qué me iba a decir? Cosas de conversación.
Martirio: Verdaderamente es raro que dos personas que no se conocen se vean de pronto en una reja y ya novios.
Angustias: Pues a mí no me chocó.
Amelia: A mí me daría no sé qué.
Angustias: No, porque cuando un hombre se acerca a una reja ya sabe por los que van y vienen, llevan y traen, que se le va a decir que sí.
Martirio: Bueno, pero él te lo tendría que decir.
Angustias: ¡Claro!
Amelia: (Curiosa.) ¿Y cómo te lo dijo?
Angustias: Pues, nada: "Ya sabes que ando detrás de ti, necesito una mujer buena, modosa, y ésa eres tú, si me das la conformidad".
Amelia: ¡A mí me da vergüenza de estas cosas!
Angustias: Y a mí, ¡pero hay que pasarlas!
La Poncia: ¿Y habló más?
Angustias: Sí, siempre habló él.
Martirio: ¿Y tú?
Angustias: Yo no hubiera podido. Casi se me salía el corazón por la boca. Era la primera vez que estaba sola de noche con un hombre. Y tenía miedo. Yo le decía que tuviera cuidado, que veía sombras a lo lejos.
Magdalena: Y un hombre tan guapo.
Angustias: No tiene mal tipo.
La Poncia: Esas cosas pasan entre personas ya un poco instruidas, que hablan y dicen y mueven la mano... La primera vez que mi marido Evaristo el Colorín vino a mi ventana... ¡Ja, ja, ja!
Amelia: ¿Qué pasó?
La Poncia: Era muy oscuro. Entonces los muertos no se levantaban. Lo vi acercarse y, al llegar, me dijo: "Buenas noches". "Buenas noches", le dije yo, y nos quedamos callados más de media hora. Me corría el sudor por todo el cuerpo. Entonces Evaristo se acercó, se acercó que se quería meter por los hierros, y dijo con voz muy baja: "¡Ven que te tiente!".
(Ríen todas. Amelia se levanta corriendo y espía por una puerta.)
Amelia: ¡Ay! Creí que llegaba nuestra madre.
Magdalena: ¡Buenas nos hubiera puesto! (Siguen riendo.)
Amelia: Chisst... ¡Que nos va a oír!
La Poncia: Luego se portó bien. En vez de darle por otra cosa, le dio por criar colorines hasta que murió. A vosotras, que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre a los quince días de boda deja la cama por la mesa, y luego la mesa por la tabernilla. Y la que no se conforma se pudre llorando en un rincón.
Amelia: Tú te conformaste, y ahora las tabernas cierran con el ocaso.
La Poncia: ¡Yo pude con él!
Martirio: ¿Es verdad que le pegaste algunas veces?
La Poncia: Sí, y por poco lo dejo tuerto.
Magdalena: ¡Así debían ser todas las mujeres!
La Poncia: Yo tengo la escuela de tu madre. Un día me dijo no sé qué cosa y le maté todos los colorines con la mano del almirez. (Ríen)
Magdalena: Adela, niña, no te pierdas esto.
Amelia: Adela. (Pausa.)
Magdalena: ¡Voy a ver! (Entra.)
La Poncia: ¡Esa niña está mala!
Martirio: Claro, ¡no duerme apenas!
La Poncia: Pues, ¿qué hace?
Martirio: ¡Yo qué sé lo que hace!
La Poncia: Mejor lo sabrás tú que yo, que duermes pared por medio.
Angustias: La envidia la come.
La Poncia: O tal vez otra cosa.
Amelia: No exageréis.
Angustias: Se lo noto en los ojos. Se le está cambiando el mirar.
Martirio: ¡Calla!
Angustias: O lo que digo yo o lo que dice la Poncia.
(Sale Magdalena con Adela.)
Magdalena: Pues, ¿no estabas dormida?
Adela: Tengo mal cuerpo.
Martirio: (Con intención.) ¿Es que no has dormido bien esta noche?
Adela: Sí.
Martirio: ¿Entonces?
Adela: (Fuerte.) ¡Déjame ya! ¡Durmiendo o velando, no tienes por qué meterte en lo mío! ¡Yo hago con mi cuerpo lo que me parece!
Martirio: ¡Sólo es interés por ti!
Adela: Interés o inquisición. ¿No estabais cosiendo? Pues seguir. ¡Quisiera ser invisible, pasar por las habitaciones sin que me preguntarais dónde voy!
Criada: (Entra.) Bernarda os llama. Está el hombre de los encajes. (Salen.)
(Al salir, Martirio mira fijamente a Adela.)
Adela: ¡No me mires más! Si quieres te daré mis ojos, que son frescos, y mis espaldas, para que te compongas la joroba que tienes, pero vuelve la cabeza cuando yo pase.
(Se va Martirio.)
La Poncia: ¡Adela, que es tu hermana, y además la que más te quiere!
Adela: Me sigue a todos lados. A veces se asoma a mi cuarto para ver si duermo. No me deja respirar. Y siempre: "¡Qué lástima de cara! ¡Qué lástima de cuerpo, que no va a ser para nadie!" ¡Y eso no! Mi cuerpo será de quien yo quiera!
La Poncia: (Con intención y en voz baja.) De Pepe el Romano, ¿no es eso?
Adela: (Sobrecogida.) ¿Qué dices?
La Poncia: ¡Lo que digo, Adela!
Adela: ¡Calla!
La Poncia: (Alto.) ¿Crees que no me he fijado?
Adela: ¡Baja la voz!
La Poncia: ¡Mata esos pensamientos!
Adela: ¿Qué sabes tú?
La Poncia: Las viejas vemos a través de las paredes. ¿Dónde vas de noche cuando te levantas? ¿O es que hay algún zombi de tu interés?
Adela: ¡Ciega debías estar!
La Poncia: Con la cabeza y las manos llenas de ojos cuando se trata de lo que se trata. Por mucho que pienso no sé lo que te propones. ¿Por qué te pusiste casi desnuda con la luz encendida y la ventana abierta al pasar Pepe el segundo día que vino a hablar con tu hermana?
Adela: ¡Eso no es verdad!
La Poncia: ¡No seas como los niños chicos! Deja en paz a tu hermana y si Pepe el Romano te gusta te aguantas. (Adela llora.) Además, ¿quién dice que no te puedas casar con él? Tu hermana Angustias es una enferma. Ésa no resiste el primer parto. Es estrecha de cintura, vieja, y con mi conocimiento te digo que se morirá. Entonces Pepe hará lo que hacen todos los viudos de esta tierra: descabellará a la difunta y se casará con la más joven, la más hermosa, y ésa eres tú. Alimenta esa esperanza, olvídalo. Lo que quieras, pero no vayas contra la ley de Dios.
Adela: ¡Calla!
La Poncia: ¡No callo!
Adela: Métete en tus cosas, ¡oledora! ¡pérfida!
La Poncia: ¡Sombra tuya he de ser!
Adela: En vez de limpiar la casa y acostarte para rezar a tus muertos, buscas como una vieja marrana asuntos de hombres y mujeres para babosear en ellos.
La Poncia: ¡Velo! Para que las gentes no escupan al pasar por esta puerta.
Adela: ¡Qué cariño tan grande te ha entrado de pronto por mi hermana!
La Poncia: No os tengo ley a ninguna, pero quiero vivir en casa decente. ¡No quiero mancharme de vieja!
Adela: Es inútil tu consejo. Ya es tarde. No por encima de ti, que eres una criada, por encima de mi madre saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y boca. ¿Qué puedes decir de mí? ¿Que me encierro en mi cuarto y no abro la puerta? ¿Que no duermo? ¿Que me come la infección de los sin alma? ¡Soy más lista que tú! Mira a ver si puedes agarrar la liebre con tus manos.
La Poncia: No me desafíes. ¡Adela, no me desafíes! Porque yo puedo dar voces, encender luces y hacer que toquen las campanas.
Adela: Trae cuatro mil bengalas amarillas y ponlas en las bardas del corral. Nadie podrá evitar que suceda lo que tiene que suceder.
La Poncia: ¡Tanto te gusta ese hombre!
Adela: ¡Tanto! Mirando sus ojos me parece que me bebe la sangre lentamente.
La Poncia: Cualquiera diría que ya has perdido el alma. Yo no te puedo oír.
Adela: ¡Pues me oirás! Te he tenido miedo. ¡Pero ya soy más fuerte que tú!
(Entra Angustias.)
Angustias: ¡Siempre discutiendo!
La Poncia: Claro, se empeña en que, con el calor que hace, vaya a traerle no sé qué cosa de la tienda.
Angustias: ¿Me compraste el bote de esencia?
La Poncia: El más caro. Y los polvos. En la mesa de tu cuarto los he puesto.
(Sale Angustias.)
Adela: ¡Y chitón!
La Poncia: ¡Lo veremos!
(Entran Martirio, Amelia y Magdalena)
Magdalena: (A Adela) ¿Has visto los encajes?
Amelia: Los de Angustias para sus sábanas de novia son preciosos.
Adela: (A Martirio, que trae unos encajes.) ¿Y éstos?
Martirio: Son para mí. Para una camisa.
Adela: (Con sarcasmo.) ¡Se necesita buen humor!
Martirio: (Con intención.) Para verlos yo. No necesito lucirme ante nadie.
La Poncia: Nadie la ve a una en camisa.
Martirio: (Con intención y mirando a Adela.) ¡A veces! Pero me encanta la ropa interior. Si fuera rica la tendría de holanda. Es uno de los pocos gustos que me quedan.
La Poncia: Estos encajes son preciosos para las gorras de niño, para mantehuelos de cristianar. Yo nunca pude usarlos en los míos. A ver si ahora Angustias los usa en los suyos. Como le dé por tener crías vais a estar cosiendo mañana y tarde.
Magdalena: Yo no pienso dar una puntada.
Amelia: Y mucho menos cuidar niños ajenos. Mira tú cómo están las vecinas del callejón, sacrificadas por cuatro monigotes.
La Poncia: Ésas están mejor que vosotras. ¡Siquiera allí se ríe y se oyen porrazos!
Martirio: Pues vete a servir con ellas.
La Poncia: No. ¡Ya me ha tocado en suerte este convento!
(Se oyen unos campanillos lejanos, como a través de varios muros.)
Magdalena: Son los hombres que vuelven al trabajo.
La Poncia: Hace un minuto dieron las tres.
Martirio: ¡Con este sol!
Adela: (Sentándose.) ¡Ay, quién pudiera salir también a los campos!
Magdalena: (Sentándose.) ¡Cada clase tiene que hacer lo suyo!
Martirio: (Sentándose.) ¡Así es!
Amelia: (Sentándose.) ¡Ay!
La Poncia: No hay alegría como la de los campos en esta época. Ayer de mañana llegaron los segadores. Cuarenta o cincuenta buenos mozos.
Magdalena: ¿De dónde son este año?
La Poncia: De muy lejos. Vinieron de los montes. ¡Alegres! ¡Como árboles quemados! ¡Dando voces y arrojando piedras! Ayer llegó al pueblo una mujer vestida de lentejuelas y que bailaba con un acordeón, y quince de ellos la contrataron para llevársela al olivar. Yo los vi de lejos. El que la contrataba era un muchacho de ojos verdes, apretado como una gavilla de trigo.
Amelia: ¿Es eso cierto? ¿A la luz del día?
Adela: ¡Pero es posible! Está bien saber que el oficio más antiguo del mundo no se ha perdido con la resurrección de los muertos.
La Poncia: Hace años vino otra de éstas y yo misma di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan estas cosas.
Adela: Se les perdona todo.
Amelia: Nacer mujer es el mayor castigo.
Magdalena: Y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen.
(Se oye un canto lejano que se va acercando.)
La Poncia: Son ellos. Traen unos cantos preciosos.
Amelia: Ahora salen a segar.
Coro:
Ya salen los segadores
en busca de las espigas;
se llevan los corazones
de las muchachas que miran.
(Se oyen panderos y carrañacas. Pausa. Todas oyen en un silencio traspasado por el sol.)
Amelia: ¡Y no les importa el calor!
Martirio: ¡Qué remedio! Siegan entre llamaradas.
Adela: Me gustaría segar para ir y venir. Así se olvida lo que nos muerde.
Martirio: ¿Qué tienes tú que olvidar? ¿Y qué demonios dices que te muerde?
Adela: Cada una sabe sus cosas.
Martirio: (Profunda.) ¡Cada una!
La Poncia: ¡Callar! ¡Callar!
Coro: (Muy lejano.)
Abrir puertas y ventanas
las que vivís en el pueblo;
el segador pide rosas
para adornar su sombrero.
La Poncia: ¡Qué canto!
Martirio: (Con nostalgia.)
Abrir puertas y ventanas
las que vivís en el pueblo...
Adela: (Con pasión.)
... el segador pide rosas
para adornar su sombrero.
(Se va alejando el cantar.)
La Poncia: Ahora dan la vuelta a la esquina.
Adela: Vamos a verlos por la ventana de mi cuarto.
La Poncia: Tened cuidado con no entreabrirla mucho, porque son capaces de dar un empujón para ver quién mira.
(Se van las tres. Martirio queda sentada en la silla baja con la cabeza entre las manos.)
Amelia: (Acercándose.) ¿Qué te pasa?
Martirio: Me sienta mal el calor.
Amelia: ¿No es más que eso?
Martirio: Estoy deseando que llegue noviembre, los días de lluvia, la escarcha; todo lo que no sea este verano interminable.
Amelia: Ya pasará y volverá otra vez.
Martirio: ¡Claro! (Pausa.) ¿A qué hora te dormiste anoche?
Amelia: No sé. Yo duermo como un tronco. ¿Por qué?
Martirio: Por nada, pero me pareció oír gente en el corral.
Amelia: ¿Sí?
Martirio: Muy tarde.
Amelia: ¿Y no tuviste miedo?
Martirio: No. Ya lo he oído otras noches.
Amelia: Debíamos tener cuidado. ¿No serían los resucitados?
Martirio: Los resucitados no bisbisean.
Amelia: Quizá una mulilla sin desbravar.
Martirio: (Entre dientes y llena de segunda intención.) ¡Eso, eso!, una mulilla sin desbravar.
Amelia: ¡Hay que prevenir!
Martirio: ¡No, no! No digas nada. Puede ser un barrunto mío.
Amelia: Quizá.
(Pausa. Amelia inicia el mutis.)
Martirio: Amelia.
Amelia: (En la puerta.) ¿Qué?
(Pausa.)
Martirio: Nada.
(Pausa.)
Amelia: ¿Por qué me llamaste?
(Pausa)
Martirio: Se me escapó. Fue sin darme cuenta.
(Pausa)
Amelia: Acuéstate un poco.
Angustias: (Entrando furiosa en escena, de modo que haya un gran contraste con los silencios anteriores.) ¿Dónde está el retrato de Pepe que tenía yo debajo de mi almohada? ¿Quién de vosotras lo tiene?
Martirio: Ninguna.
Amelia: Ni que Pepe fuera un San Bartolomé de plata.
Angustias: ¿Dónde está el retrato?
(Entran La Poncia, Magdalena y Adela.)
Adela: ¿Qué retrato?
Angustias: Una de vosotras me lo ha escondido.
Magdalena: ¿Tienes la desvergüenza de decir esto?
Angustias: Estaba en mi cuarto y no está.
Martirio: ¿Y no se habrá escapado a medianoche al corral? A Pepe le gusta andar con la luna. Tiene vocación de muertito.
Angustias: ¡No me gastes bromas! Cuando venga se lo contaré.
La Poncia: ¡Eso, no! ¡Porque aparecerá! (Mirando Adela.)
Angustias: ¡Me gustaría saber cuál de vosotras lo tiene!
Adela: (Mirando a Martirio.) ¡Alguna! ¡Todas, menos yo!
Martirio: (Con intención.) ¡Desde luego!
Bernarda: (Entrando con su bastón.) ¿Qué escándalo es éste en mi casa y con el silencio del peso del calor? Estarán las vecinas con el oído pegado a los tabiques.
Angustias: Me han quitado el retrato de mi novio.
Bernarda: (Fiera.) ¿Quién? ¿Quién?
Angustias: ¡Éstas!
Bernarda: ¿Cuál de vosotras? (Silencio.) ¡Contestarme! (Silencio. A Poncia.) Registra los cuartos, mira por las camas. Esto tiene no ataros más cortas. ¡Pero me vais a soñar! (A Angustias.) ¿Estás segura?
Angustias: Sí.
Bernarda: ¿Lo has buscado bien?
Angustias: Sí, madre.
(Todas están en medio de un embarazoso silencio.)
Bernarda: Me hacéis al final de mi vida beber el veneno más amargo que una madre puede resistir. (A Poncia.) ¿No lo encuentras?
La Poncia: (Saliendo.) Aquí está.
Bernarda: ¿Dónde lo has encontrado?
La Poncia: Estaba...
Bernarda: Dilo sin temor.
La Poncia: (Extrañada.) Entre las sábanas de la cama de Martirio.
Bernarda: (A Martirio.) ¿Es verdad?
Martirio: ¡Es verdad!
Bernarda: (Avanzando y golpeándola con el bastón.) ¡Mala puñalada te den, mosca muerta! ¡Sembradura de vidrios!
Martirio: (Fiera.) ¡No me pegue usted, madre!
Bernarda: ¡Todo lo que quiera!
Martirio: ¡Si yo la dejo! ¿Lo oye? ¡Retírese usted!
La Poncia: No faltes a tu madre.
Angustias: (Cogiendo a Bernarda.) Déjela. ¡Por favor!
Bernarda: Ni lágrimas te quedan en esos ojos.
Martirio: No voy a llorar para darle gusto.
Bernarda: ¿Por qué has cogido el retrato?
Martirio: ¿Es que yo no puedo gastar una broma a mi hermana? ¿Para qué otra cosa lo iba a querer?
Adela: (Saltando llena de celos.) No ha sido broma, que tú no has gustado nunca de juegos. Ha sido otra cosa que te reventaba el pecho por querer salir. Dilo ya claramente.
Martirio: ¡Calla y no me hagas hablar, que si hablo se van a juntar las paredes unas con otras de vergüenza!
Adela: ¡La mala lengua no tiene fin para inventar!
Bernarda: ¡Adela!
Magdalena: Estáis locas.
Amelia: Y nos apedreáis con malos pensamientos.
Martirio: Otras hacen cosas más malas.
Adela: Hasta que se pongan en cueros de una vez y se entreguen a los muertos.
Bernarda: ¡Perversa!
Angustias: Yo no tengo la culpa de que Pepe el Romano se haya fijado en mí.
Adela: ¡Por tus dineros!
Angustias: ¡Madre!
Bernarda: ¡Silencio!
Martirio: Por tus marjales y tus arboledas.
Magdalena: ¡Eso es lo justo!
Bernarda: ¡Silencio digo! Yo veía la tormenta venir, pero no creía que estallara tan pronto. ¡Ay, qué pedrisco de odio habéis echado sobre mi corazón! Pero todavía no soy anciana y tengo cinco cadenas para vosotras y esta casa levantada por mi padre para que ni las hierbas se enteren de mi desolación. ¡Fuera de aquí! (Salen. Bernarda se sienta desolada. La Poncia está de pie arrimada a los muros. Bernarda reacciona, da un golpe en el suelo y dice:) ¡Tendré que sentarles la mano! Bernarda, ¡acuérdate que ésta es tu obligación!
La Poncia: ¿Puedo hablar?
Bernarda: Habla. Siento que hayas oído. Nunca está bien una extraña en el centro de la familia.
La Poncia: Lo visto, visto está.
Bernarda: Angustias tiene que casarse en seguida.
La Poncia: Hay que retirarla de aquí.
Bernarda: No a ella. ¡A él!
La Poncia: ¡Claro, a él hay que alejarlo de aquí! Piensas bien.
Bernarda: No pienso. Hay cosas que no se pueden ni se deben pensar. Yo ordeno.
La Poncia: ¿Y tú crees que él querrá marcharse?
Bernarda: (Levantándose.) ¿Qué imagina tu cabeza?
La Poncia: Él, claro, ¡se casará con Angustias!
Bernarda: Habla. Te conozco demasiado para saber que ya me tienes preparada la cuchilla.
La Poncia: Nunca pensé que se llamara asesinato al aviso.
Bernarda: ¿Me tienes que prevenir algo?
La Poncia: Yo no acuso, Bernarda. Yo sólo te digo: abre los ojos y verás.
Bernarda: ¿Y verás qué?
La Poncia: Siempre has sido lista. Has visto lo malo de las gentes a cien leguas. Muchas veces creí que adivinabas los pensamientos. Pero los hijos son los hijos. Ahora estás ciega.
Bernarda: ¿Te refieres a Martirio?
La Poncia: Bueno, a Martirio... (Con curiosidad.) ¿Por qué habrá escondido el retrato?
Bernarda: (Queriendo ocultar a su hija.) Después de todo ella dice que ha sido una broma. ¿Qué otra cosa puede ser?
La Poncia: (Con sorna.) ¿Tú lo crees así?
Bernarda: (Enérgica.) No lo creo. ¡Es así!
La Poncia: Basta. Se trata de lo tuyo. Pero si fuera la vecina de enfrente, ¿qué sería?
Bernarda: Ya empiezas a sacar la punta del cuchillo.
La Poncia: (Siempre con crueldad.) No, Bernarda, aquí pasa una cosa muy grande. Yo no te quiero echar la culpa, pero tú no has dejado a tus hijas libres. Martirio es enamoradiza, digas lo que tú quieras. ¿Por qué no la dejaste casar con Enrique Humanes? ¿Por qué el mismo día que iba a venir a la ventana le mandaste recado que no viniera?
Bernarda: (Fuerte.) ¡Y lo haría mil veces! Mi sangre no se junta con la de los Humanes mientras yo viva! Su padre fue gañán.
La Poncia: ¡Y así te va a ti con esos humos!
Bernarda: Los tengo porque puedo tenerlos. Y tú no los tienes porque sabes muy bien cuál es tu origen.
La Poncia: (Con odio.) ¡No me lo recuerdes! Estoy ya vieja, siempre agradecí tu protección.
Bernarda: (Crecida.) ¡No lo parece!
La Poncia: (Con odio envuelto en suavidad.) A Martirio se le olvidará esto.
Bernarda: Y si no lo olvida peor para ella. No creo que ésta sea la «cosa muy grande» que aquí pasa. Aquí no pasa nada. ¡Eso quisieras tú! Y si pasara algún día estate segura que no traspasaría las paredes.
La Poncia: ¡Eso no lo sé yo! En el pueblo hay gentes que leen también de lejos los pensamientos escondidos.
Bernarda: ¡Cómo gozarías de vernos a mí y a mis hijas camino del lupanar, por no decir escondidas entre los muertos!
La Poncia: ¡Nadie puede conocer su fin!
Bernarda: ¡Yo sí sé mi fin! ¡Y el de mis hijas! El lupanar se queda para alguna mujer ya difunta...
La Poncia: (Fiera.) ¡Bernarda! ¡Respeta la memoria de mi madre!
Bernarda: ¡No me persigas tú con tus malos pensamientos!
(Pausa.)
La Poncia: Mejor será que no me meta en nada.
Bernarda: Eso es lo que debías hacer. Obrar y callar a todo. Es la obligación de los que viven a sueldo.
La Poncia: Pero no se puede. ¿A ti no te parece que Pepe estaría mejor casado con Martirio o... ¡sí!, con Adela?
Bernarda: No me parece.
La Poncia: (Con intención.) Adela. ¡Ésa es la verdadera novia del Romano!
Bernarda: Las cosas no son nunca a gusto nuestro.
La Poncia: Pero les cuesta mucho trabajo desviarse de la verdadera inclinación. A mí me parece mal que Pepe esté con Angustias, y a las gentes, y hasta al aire que respiramos putrefacto. ¡Quién sabe si se saldrán con la suya!
Bernarda: ¡Ya estamos otra vez!... Te deslizas para llenarme de malos sueños. Y no quiero entenderte, porque si llegara al alcance de todo lo que dices te tendría que arañar.
La Poncia: ¡No llegará la sangre al río!
Bernarda: ¡Afortunadamente mis hijas me respetan y jamás torcieron mi voluntad!
La Poncia: ¡Eso sí! Pero en cuanto las dejes sueltas se te subirán al tejado.
Bernarda: ¡Ya las bajaré tirándoles cantos!
La Poncia: ¡Desde luego eres la más valiente!
Bernarda: ¡Siempre gasté sabrosa pimienta!
La Poncia: ¡Pero lo que son las cosas! A su edad. ¡Hay que ver el entusiasmo de Angustias con su novio! ¡Y él también parece muy picado! Ayer me contó mi hijo mayor que a las cuatro y media de la madrugada, que pasó por la calle con la yunta buscando a mi nieto, estaban hablando todavía.
Bernarda: ¡A las cuatro y media!
Angustias: (Saliendo.) ¡Mentira!
La Poncia: Eso me contaron.
Bernarda: (A Angustias.) ¡Habla!
Angustias: Pepe lleva más de una semana marchándose a la una. Que Dios me mate si miento.
Martirio: (Saliendo.) Yo también lo sentí marcharse a las cuatro.
Bernarda: Pero, ¿lo viste con tus ojos?
Martirio: No quise asomarme. ¿No habláis ahora por la ventana del callejón?
Angustias: Yo hablo por la ventana de mi dormitorio.
(Aparece Adela en la puerta.)
Martirio: Entonces...
Bernarda: ¿Qué es lo que pasa aquí?
La Poncia: ¡Cuida de enterarte! Pero, desde luego, Pepe estaba a las cuatro de la madrugada en una reja de tu casa.
Bernarda: ¿Lo sabes seguro?
La Poncia: Seguro no se sabe nada en esta vida.
Adela: Madre, no oiga usted a quien nos quiere perder a todas.
Bernarda: ¡Yo sabré enterarme! Si las gentes del pueblo quieren levantar falsos testimonios se encontrarán con mi pedernal. No se hable de este asunto. Hay a veces una ola de fango que levantan los demás para perdernos.
Martirio: A mí no me gusta mentir.
La Poncia: Y algo habrá.
Bernarda: No habrá nada. Nací para tener los ojos abiertos. Ahora vigilaré sin cerrarlos ya hasta que me muera.
Angustias: Yo tengo derecho de enterarme.
Bernarda: Tú no tienes derecho más que a obedecer. Nadie me traiga ni me lleve. (A la Poncia.) Y tú te metes en los asuntos de tu casa. ¡Aquí no se vuelve a dar un paso que yo no sienta!
Criada: (Entrando.) ¡En lo alto de la calle hay un gran gentío y todos los vecinos están en sus puertas!
Bernarda: (A Poncia.) ¡Corre a enterarte de lo que pasa! (Las mujeres corren para salir.) ¿Dónde vais? Siempre os supe mujeres ventaneras y rompedoras de su luto. ¡Vosotras al patio!
(Salen y sale Bernarda. Se oyen rumores lejanos. Entran Martirio y Adela, que se quedan escuchando y sin atreverse a dar un paso más de la puerta de salida.)
Martirio: Agradece a la casualidad que no desaté mi lengua.
Adela: También hubiera hablado yo.
Martirio: ¿Y qué ibas a decir? ¡Querer no es hacer!
Adela: Hace la que puede y la que se adelanta. Tú querías, pero no has podido.
Martirio: No seguirás mucho tiempo. Se te ve por los ojos que algo anida en ti.
Adela: ¡Lo tendré todo!
Martirio: Yo romperé tus abrazos.
Adela: (Suplicante.) ¡Martirio, déjame!
Martirio: ¡De ninguna!
Adela: ¡Él me quiere para su casa!
Martirio: ¡He visto cómo te abrazaba!
Adela: Yo no quería. He ido como arrastrada por una maroma.
Martirio: ¡Primero muerta!
(Se asoman Magdalena y Angustias. Se siente crecer el tumulto.)
La Poncia: (Entrando con Bernarda.) ¡Bernarda!
Bernarda: ¿Qué ocurre?
La Poncia: La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.
Adela: ¿Un hijo?
La Poncia: Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras; pero unos zombis, con más corazón que muchas criaturas, lo sacaron y como llevados por la mano de Dios lo han puesto en el tranco de su puerta. El andrajo se retuerce por un trozo de carne. Es horrible. Le han echado el hígado de un ternero y lo engulle aunque no tiene dientes. Ahora a la hija de la Librada la quieren matar. La traen arrastrando por la calle abajo, y por las trochas y los terrenos del olivar vienen los hombres corriendo, dando unas voces que estremecen los campos.
Bernarda: Sí, que vengan todos con varas de olivo y mangos de azadones, que vengan todos para matarla.
Adela: ¡No, no, para matarla no!
Martirio: Sí, y vamos a salir también nosotras.
Bernarda: Y que pague la que pisotea su decencia.
(Fuera su oye un grito de mujer y un gran rumor.)
Adela: ¡Que la dejen escapar! ¡No salgáis vosotras!
Martirio: (Mirando a Adela.) ¡Que pague lo que debe!
Bernarda: (Bajo el arco.) ¡Acabar con ella antes que lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!
Adela: (Cogiéndose el vientre.) ¡No! ¡No!
Bernarda: ¡Matadla! ¡Matadla!
Telón rápido.
La casa de Bernarda Alba.
Drama de mujeres en una España llena de zombis
PRÓLOGO
No hay certeza sobre cuándo ni de qué modo aparecieron los zombis en
Otros creen que los zombis no surgieron hasta mucho tiempo después. Éstos explican su aparición en términos de mutación, de enfermedad, de maldición, de sortilegio… Lo cierto es que los únicos datos objetivos de los que se dispone comienzan a aparecer en el año 1796. De ahí datan las primeras descripciones de seres plenamente zombis, a saber: muertos vivientes que se diferencian de los espectros por la posesión de un cuerpo físico y pútrido, un andar característico, dieta necrófaga y tendencia a la agrupación entre ellos, aunque es una agrupación que difícilmente se puede calificar de social. Es más bien una asociación a medio camino entre el instinto y la fatalidad. Un impulso que los reúne en lugares precisos, movidos seguramente por la misma inercia que los conduce en masa a acciones en las que no se puede encontrar ningún sentido cabal. Se han dado casos en los que grupos de zombis, a veces centenares de ellos, emprenden una marcha que los lleva a cruzar ríos demasiado profundos y a sortear precipicios demasiado abruptos para su escasa movilidad. En esas marchas lo normal es que muchos zombis (estamos hablando de porcentajes por encima del ochenta por ciento) perezcan, descuartizados por las piedras de los desfiladeros o arrastrados para siempre por alguna corriente. No parece que haya ningún fin objetivo en estas siniestras procesiones que, desde luego, al alcanzar su término, no mejoran en absoluto las condiciones de los zombis en cuanto a alimentación o seguridad. Si los zombis tuviesen voluntad se diría que, algunas veces, actúan de forma desesperada.
Tampoco están claros los modos en los que un hombre puede llegar a transformarse en zombi. Se sabe que una vía de contagio es la transmisión directa, que no tiene que darse necesariamente por una mordedura, aunque ésta es la forma más frecuente. Se han constatado casos en los que un hombre se ha transformado simplemente por beber del agua de un pozo que hubiera estado en contacto con un zombi, aunque no ha habido forma de establecer un criterio fiable. Puede darse que cinco hombres beban de un mismo pozo y sólo uno de ellos (pero también dos, o tres, o ninguno, o los cinco) sufra la mutación.
Una segunda vía de contagio es aún más extraña. De hecho el término “contagio” no es técnicamente preciso. Es lo que se ha dado en llamar “mutación parental”. Consiste en que un hombre puede convertirse en zombi por el simple hecho de que su padre o su madre se haya convertido en uno y sin necesidad de que haya ningún contacto físico o algún otro tipo de relación, directa o indirecta, entre ambos. En alguna ocasión ha sucedido que un hombre que no ha visto a su padre en años, sufra la “mutación parental” al ser transformado su padre. Estos mutantes no son exactamente zombis y se los conoce como “mestizos”. La transformación en un perfecto zombi a causa de una “mutación parental” es rara, en realidad. La mayor parte de las veces lo que sucede es que la enfermedad, o lo que sea, se deposita en los hijos, por canales todavía desconocidos, convirtiéndolos en portadores, aunque no llegan a presentar ninguna sintomatología. En cambio, el hijo de un portador tiene bastantes posibilidades de que sus hijos sean zombis al nacer. En el caso de que dos portadores se unan, la posibilidad de que el hijo de la pareja pertenezca a la estirpe de los muertos es prácticamente absoluta. Además, la marca genética de los zombis puede heredarse durante generaciones.
Durante años, los zombis se caracterizaron por un comportamiento no violento. En su mayoría, y ésta es una mayoría muy amplia, se limitaban a alimentarse de cadáveres de animales. Raramente probaban la carne humana, y cuando lo hacían era siempre de cadáveres. Apenas salían por el día y, aunque no mostraban señales de reconocerse entre sí, ni tampoco a los familiares o amigos que tuvieron en vida, tenían cierta tendencia a vagar cerca de lo que alguna vez había sido su hogar. Aunque nunca se haya podido hablar de convivencia entre zombis y humanos, ambos grupos coexistieron durantes siglos. Se sabe que durante muchos años los zombis conservaron cierta capacidad para repetir algunas palabras.
Dado que la forma más efectiva de extenderse es el contagio por mordedura, en esos años los zombis eran escasos. Un habitante de
Los tres primeros meses de aquel año fueron de absoluto terror para los hombres. No se ha descubierto de qué manera pudieron los zombis coordinarse con tal precisión, pero lo más probable es que, en realidad, no se hubiesen coordinado en absoluto. Los zombis emprendieron una ofensiva implacable, para la que nadie estaba preparado. Los zombis incluso abandonaron sus costumbres nocturnas y dedicaban las veinticuatro horas del día a atacar población tras población, agrupados en ejércitos vastísimos y anárquicos. Los hombres, al principio, ni siquiera eran capaces de defenderse. Se limitaron a huir, mientras el número de zombis crecía y crecía. Cuando los hombres, al fin, organizaron una fuerza para resistir, comprobaron horrorizados que la mayor fuerza del enemigo radicaba en que cada batalla, ganada o perdida, menguaba las fuerzas de los mortales mientras los zombis eran más y más numerosos.
En marzo de 1877 los muertos eran ya tantos como los vivos y
En Abril de 1877 la situación dio un giro inexplicable. Los zombis dejaron de agruparse, dejaron de salir por el día y prácticamente dejaron de atacar. En lugar de vagar en grandes manadas, como habían hecho durante la guerra, se dedicaron a caminar solitarios, víctimas propicias del contraataque humano, pues los zombie no eran indestructibles. Destrozando sus cuerpos hasta lo indecible, los hombres causaron cuantiosas bajas entre los muertos. Durante los años siguientes el número de zombis decreció constantemente y quizás habrían sido aniquilados por completo de no ser por la “mutación parental” que hacía surgir constantemente zombis imprevistos.
En 1890 los zombis, por tercera vez, cambiaron su forma de actuar. Se agruparon de nuevo y vagaban por la noche en los bosques. Las incursiones de castigo de los hombres se compensaban con las capturas esporádicas de los zombis y, sobre todo, con los frutos de las uniones entre mestizos.
Así fue como el número de zombis se estabilizó, mientras entre los hombres, crecía el miedo al mestizo. Se realizaron investigaciones para establecer quiénes tenían algún padre o abuelo que hubiese sido contagiado y portase por tanto el mal de la muerte. Se decretaron leyes para marginar a quienes tuviesen antepasados contagiados. Al principio se estipuló que los mestizos no podrían tener propiedades, ni contraer matrimonio. Desde luego, los mestizos no podrían procrear. Sin embargo la gran masacre del 77 había sido tan virulenta, y los mestizos eran tantos, que hubo que limitar la repercusión de las nuevas disposiciones para evitar revueltas.
Finalmente se prohibió la unión entre mestizos pero concedieron que éstos podrían disponer de alguna propiedad, aunque limitada. En ningún caso un mestizo podría ser dueño de tierras, para garantizar la estructura económica. Si un hombre se transformaba en zombi, sus descendientes no podrían heredar más que lo indispensable para garantizar su supervivencia. Desde luego, los mestizos no podían procrear.
El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención de un documental fotográfico.
Habitación blanquísima del interior de la casa de Bernarda. Muros gruesos. Puertas en arco con cortinas de yute rematadas con madroños y volantes. Sillas de anea. Cuadros con paisajes inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda. Es verano. Un gran silencio umbroso se extiende por la escena. Al levantarse el telón está la escena sola. Se oyen doblar las campanas.
(Sale
Criada: Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.
Criada
Criada: ¡Si te viera Bernarda...!
Criada: (Con tristeza, ansiosa.) ¿Por qué no me das para mi niña, Poncia?
Voz (dentro): ¡Bernarda!
Criada: Con dos vueltas de llave.
Voz: ¡Bernarda!
Criada: ¡Qué mujer!
Criada: Sangre en las manos tengo de fregarlo todo. Si pasara ahora un zombi por aquí, no me dejaría carne en los huesos.
(Cesan las campanas.)
Criada: ¿Han venido todos sus parientes?
Criada: ¿Hay bastantes sillas?
Criada: Contigo se portó bien.
Criada: ¡Mujer!
Criada: Y ese día...
Criada: ¡Ya quisiera tener yo lo que ellas!
Criada: Ésa es la única tierra que nos dejan a las que no tenemos nada. Por lo menos, si aguantáramos un mordisquito tan sólo, acaso pudiéramos tener lo que no tuvimos en vida, y nuestros pecados se nos perdonarían, por mucho dolor que causáramos.
Criada: Ni con el jabón ni con bayeta se le quitan.
(Suenan las campanas.)
Criada: Te vas a hacer el gaznate polvo.
(
Criada: (Llevando el canto.) Tin, tin, tan. Tin, tin, tan. ¡Dios lo haya perdonado!
Mendiga: (Con una niña.) ¡Alabado sea Dios!
Criada: Tin, tin, tan. ¡Que nos espere muchos años'. Tin, tin, tan.
Mendiga: (Fuerte con cierta irritación.) ¡Alabado sea Dios!
Criada: (Irritada.) ¡Por siempre!
Mendiga: Vengo por las sobras.
(Cesan las campanas.)
Criada: Por la puerta se va a la calle. Las sobras de hoy son para mí.
Mendiga: Mujer, tú tienes quien te gane. ¡Mi niña y yo estamos solas!
Criada: También están solos los zombis y viven y comen.
Mendiga: Ya veo por dónde vas. A ti te gustaría que cayéramos infectadas.
Criada: Fuera de aquí. ¿Quién os dijo que entrarais? Ya me habéis dejado los pies señalados. (Se van. Limpia.) Suelos barnizados con aceite, alacenas, pedestales, camas de acero, para que traguemos quina las que vivimos en las chozas de tierra con un plato y una cuchara. ¡Ojalá que un día no quedáramos ni uno para contarlo! ¡Ojalá fuéramos todos muertos vivientes! (Vuelven a sonar las campanas.) Sí, sí, ¡vengan clamores! ¡venga caja con filos dorados y toallas de seda para llevarla!; ¡que lo mismo estarás tú que estaré yo! Fastídiate, Antonio María Benavides, descabezado con tu traje de paño y tus botas enterizas. ¡Fastídiate! ¡Ya no volverás a levantarme las enaguas detrás de la puerta de tu corral! (Por el fondo, de dos en dos, empiezan a entrar mujeres de luto con pañuelos grandes, faldas y abanicos negros. Entran lentamente hasta llenar la escena.) (Rompiendo a gritar.) ¡Ay Antonio María Benavides, que ya no verás estas paredes, ni comerás el pan de esta casa! ¿Y he de vivir yo que fui la que más te quiso de las que te sirvieron? (Tirándose del cabello.) ¿Y he de vivir yo para verte otra vez caminar? ¿Y he de vivir?
(Terminan de entrar las doscientas mujeres y aparece Bernarda y sus cinco hijas.)
Bernarda: (A
Criada: (Llorando.) ¡Bernarda!
Bernarda: Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar. (
Mujer 1: Los pobres sienten también sus penas.
Bernarda: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.
Muchacha 1: (Con timidez.) Comer es necesario para vivir.
Bernarda: Deberías saber que ahora los muertos también comen. Además, ¿quién te ha dado vela en este entierro? A tu edad no se habla delante de las personas mayores.
Mujer 1: Niña, cállate.
Bernarda: No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse. (Se sientan. Pausa.) (Fuerte.) Magdalena, no llores. Si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?
Mujer 2: (A Bernarda.) ¿Habéis empezado los trabajos en la era?
Bernarda: En eso estamos, pero al atardecer el campo empezó a llenarse de… ¡Dios! ¿Cuándo acabará este calvario? (En un grito desgarrador.) ¡Y mi pobre Antonio! Lo rodearon como perros salvajes y le sacaron las tripas… Y luego vino a casa, zombito él, como si no hubiera pasado nada, con el pecho abierto y vaciado.
Mujer 3: No pienses más en eso. ¿Qué me vas a contar a mí, que perdí a mi marido y a mis hijos? Y el pequeño todavía se pasea por ahí, haciendo malas compañías. Me lo encontré rascando las ventanas de la casa. ¡Quería comerse a su propia madre!
Mujer 1: Con el amanecer se van todos. A la luz del sol sienten vergüenza de sí mismos, los pobrecitos sin alma.
Mujer 3: Pero ya he visto que cada vez aparecen antes. Llegará un momento en que ni el sol los espante. (Suspira y mira a Bernarda). Hace años no he conocido calor igual.
(Pausa. Se abanican todas.)
Bernarda: ¿Está hecha la limonada?
Bernarda: Dale a los hombres.
Bernarda: Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí.
Muchacha: (A Angustias.) Pepe el Romano estaba con los hombres del duelo.
Angustias: Allí estaba.
Bernarda: Estaba su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no lo ha visto ni ella ni yo.
Muchacha: Me pareció...
Bernarda: Quien sí estaba era el viudo de Darajalí. Muy cerca de tu tía. A ése lo vimos todas.
Mujer 2: (Aparte y en baja voz.) ¡Mala, más que mala! ¡Ojalá se la coman en la era!
Mujer 3: (Aparte y en baja voz.) ¡Lengua de cuchillo! ¡Así la devoren y le coman el corazón que no tiene!
Bernarda: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.
Mujer 1: (En voz baja.) ¡Vieja lagarta recocida!
Bernarda: (Dando un golpe de bastón en el suelo.) ¡Alabado sea Dios!
Todas: (Santiguándose.) Sea por siempre bendito y alabado.
Bernarda:
¡Descansa en paz con la santa
compaña de cabecera!
Todas:
¡Descansa en paz!
Bernarda:
Con el ángel San Miguel
y su espada justiciera.
Todas:
¡Descansa en paz!
Bernarda:
Con la llave que todo lo abre
y la mano que todo lo cierra.
Todas:
¡Descansa en paz!
Bernarda:
Con los bienaventurados
y las lucecitas del campo.
Todas:
¡Descansa en paz!
Bernarda:
Con nuestra santa caridad
y las almas de tierra y mar.
Todas:
¡Descansa en paz!
Bernarda: Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.
Todas:
Amén.
Bernarda: (Se pone de pie y canta.)
"Réquiem aeternam dona eis, Domine".
Todas: (De pie y cantando al modo gregoriano.)
"Et lux perpetua luceat eis".
(Se santiguan.)
Mujer 1: Salud para rogar por su alma.
(Van desfilando.)
Mujer 3: No te faltará la hogaza de pan caliente.
Mujer 2: Ni el techo para tus hijas.
(Van desfilando todas por delante de Bernarda y saliendo. Sale Angustias por otra puerta, la que da al patio.)
Mujer 4: El mismo trigo de tu casamiento lo sigas disfrutando.
Bernarda: Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.
Muchacha: (A Magdalena.) Magdalena...
Bernarda: (A Magdalena, que inicia el llanto.) Chist. (Golpea con el bastón.) (Salen todas.) (A las que se han ido.) ¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo que habéis visto! Ojalá tardéis muchos años en pasar el arco de mi puerta.
Bernarda: Sí, para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.
Amelia: ¡Madre, no hable usted así!
Bernarda: Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté infectada. No es la primera vez que alguno ha bebido de ahí y se ha transformado en bestia.
Bernarda: Igual que si hubiera pasado por ella una manada de cabras. (
Amelia: Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.)
Bernarda: (Arrojando el abanico al suelo.) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
Martirio: Tome usted el mío.
Bernarda: ¿Y tú?
Martirio: Yo no tengo calor.
Bernarda: Pues busca otro, que te hará falta. En los próximos años no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Se acabaron los muertos en esta familia. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar, por si algún día este Juicio Final llega a su fin. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
Magdalena: Lo mismo me da.
Adela: (Agria.) Si no queréis bordarlas irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.
Magdalena: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino y correr como alma que lleva el demonio cuando aparezcan los infectados. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
Bernarda: Eso tiene ser mujer
Magdalena: Malditas sean las mujeres.
Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Escopetazo y sepultura para los muertos. Eso tiene la gente que nace con posibles.
(Sale Adela.)
Voz: ¡Bernarda!, ¡déjame salir!
Bernarda: (En voz alta.) ¡Dejadla ya! (Sale
Criada: Me ha costado mucho trabajo sujetarla. A pesar de sus ochenta años tu madre es fuerte como un roble.
Bernarda: Tiene a quien parecérsele. Mi abuelo fue igual.
Criada: Tuve durante el duelo que taparle varias veces la boca con un costal vacío porque quería llamarte para que le dieras agua de fregar siquiera, para beber, y carne de muerto, que es lo que ella dice que tú le das.
Martirio: ¡Tiene mala intención!
Bernarda: (A
Criada: Ha sacado del cofre sus anillos y los pendientes de amatistas, se los ha puesto y me ha dicho que se quiere casar.
(Las hijas ríen.)
Bernarda: Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo; de ése bebió el nieto de
Criada: No tiene fuerza para levantar el cubo.
Bernarda: Pero podría caer abajo. Sólo me faltaría ver a mi madre convertida en zombi aullando desde el fondo del hoyo. A ver cuándo alguien se digna a tapar ese pozo.
(Sale
Martirio: Nos vamos a cambiar la ropa.
Bernarda: Sí, pero no el pañuelo de la cabeza. (Entra Adela.) ¿Y Angustias?
Adela: (Con retintín.) La he visto asomada a la rendija del portón. Los hombres se acababan de ir.
Bernarda: ¿Y tú a qué fuiste también al portón?
Adela: Me llegué a ver si habían puesto las gallinas.
Bernarda: ¡Pero el duelo de los hombres habría salido ya!
Adela: (Con intención) Todavía estaba un grupo parado por fuera.
Bernarda: (Furiosa) ¡Angustias! ¡Angustias!
Angustias: (Entrando.) ¿Qué manda usted?
Bernarda: ¿Qué mirabas y a quién?
Angustias: A nadie.
Bernarda: ¿Es decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás de un hombre el día de la misa de su padre? ¡Contesta! ¿A quién mirabas?
(Pausa.)
Angustias: Yo...
Bernarda: ¡Tú!
Angustias: ¡A nadie!
Bernarda: (Avanzando con el bastón.) ¡Suave! ¡dulzarrona! (Le da.)
Bernarda: ¡Fuera de aquí todas! (Salen.)
Bernarda: ¡A eso vienen a los duelos! (Con curiosidad.) ¿De qué hablaban?
Bernarda: ¿Se la comieron también?
Bernarda: El amor de los muertos. ¿Y qué pasó?
Bernarda: Es la única zombi adúltera que tenemos en el pueblo.
Bernarda: No, pero a los hombres vivos de aquí les gusta verlo y comentarlo, y se chupan los dedos de que esto ocurra.
Bernarda: (Mirando a un lado y a otro con cierto temor.) ¿Cuáles?
Bernarda: Y mi hija las oyó.
Bernarda: Ésa sale a sus tías; blancas y untosas que ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo. ¡Cuánto hay que sufrir y luchar para hacer que las personas sean decentes y no tiren al monte demasiado!
Bernarda: Treinta y nueve justos.
Bernarda: (Furiosa.) ¡No, no ha tenido novio ninguna, ni les hace falta! Pueden pasarse muy bien.
Bernarda: No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de aquí no son de su clase. ¿Es que quieres que las entregue a cualquier gañán que no sepa guardarla y que de la noche a la mañana se infecte?
Bernarda: Eso, ¡a venderlas!
Bernarda: ¡Calla esa lengua atormentadora!
Bernarda: No tenemos. Me sirves y te pago. ¡Nada más!
Criada: (Entrando.) Ahí está don Arturo, que viene a arreglar las particiones.
Bernarda: Vamos. (A
Bernarda: Nada. ¡Ni un botón! ¡Ni el pañuelo con que le hemos tapado la cabeza! (Sale lentamente apoyada en el bastón y al salir vuelve la cabeza y mira a sus criadas. Las criadas salen después.)
(Entran Amelia y Martirio.)
Amelia: ¿Has tomado la medicina?
Martirio: ¡Para lo que me va a servir! Todavía no se ha probado que eso sirva para evitar las infecciones.
Amelia: Pero la has tomado.
Martirio: Yo hago las cosas sin fe, pero como un reloj.
Amelia: Desde que vino el médico nuevo estás más animada.
Martirio: Yo me siento lo mismo.
Amelia: ¿Te fijaste? Adelaida no estuvo en el duelo.
Martirio: Ya lo sabía. Su novio no la deja salir ni al tranco de la calle. Antes era alegre; ahora ni polvos echa en la cara.
Amelia: Ya no sabe una si es mejor tener novio o no. Tienen tanto miedo de tener votos con un zombi.
Martirio: Es que no es muy católico.
Amelia: De todo tiene la culpa esta crítica que no nos deja vivir. Adelaida habrá pasado mal rato.
Martirio: Le tienen miedo a nuestra madre. Es la única que conoce la historia de su padre y el origen de sus tierras. Siempre que viene le tira puñaladas el asunto. Su padre mató en Cuba al marido de su primera mujer para casarse con ella. Luego aquí la abandonó y se fue con otra que tenía una hija y luego tuvo relaciones con esta muchacha, la madre de Adelaida, y se casó con ella cuando se infectó la segunda mujer.
Amelia: Y ese infame, ¿por qué no está en la cárcel?
Martirio: Porque los hombres se tapan unos a otros las cosas de esta índole y nadie es capaz de delatar.
Amelia: Pero Adelaida no tiene culpa de esto.
Martirio: No, pero las cosas se repiten. Y veo que todo es una terrible repetición. Y ella tiene el mismo sino de su madre y de su abuela, mujeres las dos del que la engendró.
Amelia: ¡Qué cosa más grande!
Martirio: Es preferible no ver a un hombre nunca. Desde niña les tuve miedo. Los veía en el corral uncir los bueyes y levantar los costales de trigo entre voces y zapatazos, y siempre tuve miedo de crecer por temor de encontrarme de pronto abrazada por ellos. Dios me ha hecho débil y fea y los ha apartado definitivamente de mí.
Amelia: ¡Eso no digas! Enrique Humanes estuvo detrás de ti y le gustabas.
Martirio: ¡Invenciones de la gente! Una vez estuve en camisa detrás de la ventana hasta que fue de día, porque me avisó con la hija de su gañán que iba a venir, y no vino. Fue todo cosa de lenguas. Luego se casó con otra que tenía más que yo.
Amelia: ¡Y fea como un demonio!
Martirio: ¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas y una perra sumisa que les dé de comer. Y lo más importante: que no esté infectada. ¿Te imaginas el panorama en la noche de bodas?
Amelia: ¡Ay!
(Entra Magdalena.)
Magdalena: ¿Qué hacéis?
Martirio: Aquí.
Amelia: ¿Y tú?
Magdalena: Vengo de correr las cámaras. Por andar un poco. De ver los cuadros bordados en cañamazo de nuestra abuela, el perrito de lanas y el negro luchando con el león, que tanto nos gustaba de niñas. Aquélla era una época más alegre. Los muertos estaban bajo tierra, una boda duraba diez días y no se usaban las malas lenguas. Hoy los muertos andan sobre la tierra y los vivos se andan con más finura. Las novias se ponen velo blanco como en las poblaciones, y se bebe vino de botella, pero nos pudrimos por el qué dirán.
Martirio: ¡Sabe Dios lo que entonces pasaría!
Amelia: (A Magdalena.) Llevas desabrochados los cordones de un zapato.
Magdalena: ¡Qué más da!
Amelia: ¡Te los vas a pisar y te vas a caer! No son aconsejables esos despistes si tienes que salir corriendo.
Magdalena: ¡Una menos!
Martirio: ¿Y Adela?
Magdalena: ¡Ah! Se ha puesto el traje verde que se hizo para estrenar el día de su cumpleaños, se ha ido al corral y ha comenzado a voces: "¡Gallinas, gallinas, miradme!" ¡Me he tenido que reír!
Amelia: ¡Si la hubiera visto madre!
Magdalena: ¡Pobrecilla! Es la más joven de nosotras y tiene ilusión. ¡Daría algo por verla feliz!
(Pausa. Angustias cruza la escena con unas toallas en la mano.)
Angustias: ¿Qué hora es?
Magdalena: Ya deben ser las doce.
Angustias: ¿Tanto?
Amelia: ¡Estarán al caer!
(Sale Angustias.)
Magdalena: (Con intención.) ¿Sabéis ya la cosa...? (Señalando a Angustias.)
Amelia: No.
Magdalena: ¡Vamos!
Martirio: ¡No sé a qué cosa te refieres...!
Magdalena: Mejor que yo lo sabéis las dos. Siempre cabeza con cabeza como dos ovejitas, pero sin desahogaros con nadie. ¡Lo de Pepe el Romano!
Martirio: ¡Ah!
Magdalena: (Remedándola.) ¡Ah! Ya se comenta por el pueblo. Pepe el Romano viene a casarse con Angustias. Anoche estuvo rondando la casa y creo que pronto va a mandar un emisario.
Martirio: ¡Yo me alegro! Es buen hombre.
Amelia: Yo también. Angustias tiene buenas condiciones.
Magdalena: Ninguna de las dos os alegráis.
Martirio: ¡Magdalena! ¡Mujer!
Magdalena: Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría, pero viene por el dinero. Aunque Angustias es nuestra hermana aquí estamos en familia y reconocemos que está vieja, enfermiza, y que siempre ha sido la que ha tenido menos méritos de todas nosotras, porque si con veinte años parecía un palo vestido, ¡qué será ahora que tiene cuarenta!
Martirio: No hables así. La suerte viene a quien menos la aguarda.
Amelia: ¡Después de todo dice la verdad! Angustias tiene el dinero de su padre, es la única rica de la casa y por eso ahora, que nuestro padre ha muerto y ya se harán particiones, vienen por ella!
Magdalena: Pepe el Romano tiene veinticinco años y es el mejor tipo de todos estos contornos. Lo natural sería que te pretendiera a ti, Amelia, o a nuestra Adela, que tiene veinte años, pero no que venga a buscar lo más oscuro de esta casa, a una mujer que, como su padre habla con la nariz.
Martirio: ¡Puede que a él le guste!
Magdalena: ¡Nunca he podido resistir tu hipocresía!
Martirio: ¡Dios nos valga!
(Entra Adela.)
Magdalena: ¿Te han visto ya las gallinas?
Adela: ¿Y qué querías que hiciera?
Amelia: ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!
Adela: Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.
Martirio: ¡Es un vestido precioso!
Adela: Y me está muy bien. Es lo que mejor ha cortado Magdalena.
Magdalena: ¿Y las gallinas qué te han dicho?
Adela: Regalarme unas cuantas pulgas que me han acribillado las piernas. (Ríen)
Martirio: Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.
Magdalena: Lo mejor que puedes hacer es regalárselo a Angustias para la boda con Pepe el Romano.
Adela: (Con emoción contenida.) ¡Pero Pepe el Romano...!
Amelia: ¿No lo has oído decir?
Adela: No.
Magdalena: ¡Pues ya lo sabes!
Adela: ¡Pero si no puede ser!
Magdalena: ¡El dinero lo puede todo!
Adela: ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo mirando por el portón? (Pausa.) Y ese hombre es capaz de...
Magdalena: Es capaz de todo.
(Pausa.)
Martirio: ¿Qué piensas, Adela?
Adela: Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida para pasarlo.
Magdalena: Ya te acostumbrarás.
Adela: (Rompiendo a llorar con ira.) ¡No, no me acostumbraré! Yo no quiero estar encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras. ¡No quiero perder mi blancura en estas habitaciones! ¡Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a pasear por la calle! No temo a los muertos. ¡Yo quiero salir!
(Entra
Magdalena: (Autoritaria.) ¡Adela!
Criada: ¡La pobre! ¡Cuánto ha sentido a su padre! (Sale.)
Martirio: ¡Calla!
Amelia: Lo que sea de una será de todas.
(Adela se calma.)
Magdalena: Ha estado a punto de oírte la criada.
Criada: (Apareciendo.) Pepe el Romano viene por lo alto de la calle.
(Amelia, Martirio y Magdalena corren presurosas.)
Magdalena: ¡Vamos a verlo!
(Salen rápidas.)
Criada: (A Adela.) ¿Tú no vas?
Adela: No me importa.
Criada: Como dará la vuelta a la esquina, desde la ventana de tu cuarto se verá mejor. (Sale
(Adela queda en escena dudando. Después de un instante se va también rápida hacia su habitación. Salen Bernarda y
Bernarda: ¡Malditas particiones!
Bernarda: Sí.
Bernarda: Ya me lo has dicho tres veces y no te he querido replicar. Bastante menos, mucho menos. No me lo recuerdes más.
(Sale Angustias muy compuesta de cara.)
Bernarda: ¡Angustias!
Angustias: Madre.
Bernarda: ¿Pero has tenido valor de echarte polvos en la cara? ¿Has tenido valor de lavarte la cara el día de la misa de tu padre?
Angustias: No era mi padre. El mío murió hace tiempo. ¿Es que ya no lo recuerda usted?
Bernarda: ¡Más debes a este hombre, padre de tus hermanas, que al tuyo! Gracias a este hombre tienes colmada tu fortuna.
Angustias: ¡Eso lo teníamos que ver!
Bernarda: ¡Aunque fuera por decencia! ¡Por respeto!
Angustias: Madre, déjeme usted salir.
Bernarda: ¿Salir? Después que te hayas quitado esos polvos de la cara. ¡Suavona! ¡Yeyo! ¡Espejo de tus tías! Estás más pálida que los muertos. (Le quita violentamente con su pañuelo los polvos.) ¡Ahora vete!
Bernarda: Aunque mi madre esté loca yo estoy con mis cinco sentidos y sé perfectamente lo que hago.
(Entran todas.)
Magdalena: ¿Qué pasa?
Bernarda: No pasa nada.
Magdalena: (A Angustias.) Si es que discutís por las particiones, tú, que eres la más rica, te puedes quedar con todo.
Angustias: ¡Guárdate la lengua en la madriguera!
Bernarda: (Golpeando con el bastón en el suelo.) ¡No os hagáis ilusiones de que vais a poder conmigo. ¡Hasta que salga de esta casa con los pies adelante mandaré en lo mío y en lo vuestro!
(Se oyen unas voces y entra en escena María Josefa, la madre de Bernarda, viejísima, ataviada con flores en la cabeza y en el pecho.)
María Josefa: Bernarda, ¿dónde está mi mantilla? Nada de lo que tengo quiero que sea para vosotras, ni mis anillos, ni mi traje negro de moaré, porque ninguna de vosotras se va a casar. ¡Ninguna! ¡Bernarda, dame mi gargantilla de perlas!
Bernarda: (A
Criada: (Temblando.) ¡Se me escapó!
María Josefa: Me escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los hombres huyen de las mujeres. Los zombis sí que saben cortejar. ¿No te has enterado lo de Paca
Bernarda: ¡Calle usted, madre!
María Josefa: No, no callo. No quiero ver a estas mujeres solteras, rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón, y yo me quiero ir a mi pueblo. ¡Bernarda, yo quiero un varón para casarme y tener alegría!
Bernarda: ¡Encerradla!
María Josefa: ¡Déjame salir, Bernarda!
(
Bernarda: ¡Ayudarla vosotras!
(Todas arrastran a la vieja.)
María Josefa: ¡Quiero irme de aquí! ¡Bernarda! ¡A casarme a la orilla del mar, a la orilla del mar!
Telón rápido.
En 1979, el director polaco Edward Zebrowski
versionó la novela de Lem
Por otro lado, la legión de lectores que le sigue (en donde me incluyo) acecha las librerías buscando algo que se le haya escapado, al tiempo que espera la aparición de su siguiente trabajo (un escalofrío me recorre la columna con pensar qué tiene entre manos el escritor asturiano). Esto lo escribo mientras le contemplo fotografiado en la solapa de 3 relatos: Física familiar, Pequeñas imperfecciones, Preludio y consecuencias de un encuentro nocturno, libro con el que Bilbao obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2005, y viéndole recostado en un sofá amarillo y con una sonrisa generosa, observo que su mirada no solamente va dirigida al objetivo de la cámara, sino que da la impresión de que se proyecta al futuro (tal vez al ahora, o a dentro de muchos años, como si el escritor estuviera tendiendo puentes por los que transitaremos los turistas de su imaginario).
Escribo sobre Bilbao y me digo que me faltan datos para completar una radiografía sobre él. En cualquier caso, todavía no ha llegado el momento de que un A.J.A. Symons nacional o foráneo busque las huellas del camino que está trazando. Aunque lo cierto es que ya hay algunas.
Sobre los autores que han influido en Jon Bilbao se han barajado algunos nombres, pero él lo tiene claro: le gustan Melville, Faulkner, McCarthy y Cheever. Y hay muchos más, como es evidente. En su blog, Las victorias parciales, nos va dejando, como Teseo en el Laberinto (señalaremos que nuestro escritor es Ingeniero de Minas y que conoce las profundidades de la tierra), un hilo perfectamente visible sobre algunas de sus últimas lecturas, sus intereses y sus impresiones.
Así y todo, echo en falta en los distintos artículos que he leído sobre Bilbao la referencia a una parte de su obra: las biografías sobre personajes históricos que ha publicado en El Rompecabezas.
Comento esto porque hay autores que se vienen asociando dentro de la narrativa juvenil, aunque en su momento fueron autores para público adulto: Julio Verne, Mark Twain, Roberto Louis Stevenson, James Oliver Curwood, Fenimore Cooper, Rudyard Kipling, Emilio Salgari o Jack London.
O bien comenzaron por esta línea, como Jordi Sierra i Fabra, Ángela Vallvey, Gustavo Martín Garzo, Elvira Lindo, Lorenzo Silva o Markus Zusak (el joven autor de La ladrona de libros).
U otros que hicieron obras expresamente dirigidas al público infantil como Roald Dahl, C. S. Lewis, José Saramago, Julio Cortázar, John Irving, Aldoux Huxley, Clarice Lispector o Joyce Carol Oates.
Jon Bilbao forma parte de este último grupo, y de su producción en estas lides (que en el cuadrilátero de la literatura también hay pesos, que es lo mismo que decir géneros) destaco Lewis y Clark a la conquista del Oeste. Y aprovechando el apunte pugilístico, aclararé que en el boxeo (como en la literatura) existen distintas técnicas para hacer caer a nuestro contrincante a la lona. Jon Bilbao demuestra manejarse muy bien en los distintos golpes. Podemos decir que en El hermano de las moscas nos tumbó con un crochet, que es un puñetazo describiendo una semicircunferencia directamente a nuestra cabeza. En Como una historia de terror utiliza el famoso derechazo o cross que, siempre en posición de guardia, ejecuta el golpe retrasando el puño hacia atrás y noqueándonos con fuerza cuando menos lo esperamos. Para Lewis y Clark a la conquista del Oeste y sus otras narraciones dirigidas al público infantil (y a quien guste leerlas), Bilbao utiliza el jab, vamos, un directo en la mandíbula. Es lo que tiene su narrativa, independientemente de sus lectores; y lo más crudo del asturiano: no se sirve de guantes a la hora de ponernos la cara hecha un cristo.
Dejando a un lado los asuntos del boxeo, señalar que en Lewis y Clark a la conquista del Oeste vemos el buen hacer de Jon Bilbao, y la limpieza de su estilo (la misma voz depurada que hemos visto en su novela y en sus relatos) es un verdadero ejercicio de literatura de primer orden.
Las huellas que arriba indicaba son aquí patentes, ya que Bilbao es un apasionado del salvaje Oeste, de la literatura que gira en torno a los pioneros que dejaron sus vidas, su pasado, para colaborar en la creación de un estado que hoy es la mayor potencia mundial. Si miramos entre líneas, veremos que en la literatura de Bilbao hay dos movimientos: lo salvaje y lo civilizado. Parece como si el conflicto del hombre moderno estuviera en esta dicotomía, de tal forma que el único modo de salvación sería reconciliarnos con nuestro lado más primigenio (pienso en Henry David Thoreau, otro autor fundamental para Bilbao). Y es que la coherencia del escritor asturiano es uno de sus sellos de identidad.
Lewis y Clark a la conquista del Oeste es un texto bello, bien trabado y escrito con el respeto que Jon Bilbao profesa por los héroes de antaño, aquéllos que se internaban por territorios inhóspitos, desconocidos, buscando ora un Dorado, ora la razón de su propia existencia.
El amazigh es la tercera lengua más
hablada en Cataluña, no el árabe
El caso es que se hizo necesario el trabajo de campo (aunque el camino había quedado bastante allanado con el franciscano José María Lerchundi y su Vocabulario español-arábigo del dialecto de Marruecos, publicado en 1893), y las tesis y los escritos sobre esa tierra llamada a ser colonia española llenaron los anaqueles de las bibliotecas. De la noche a la mañana, el arabismo español marcó la diferencia con figuras de la talla de Miguel Asín Palacios (recordado por su Escatología musulmana en la “Divina Comedia”) o Emilio García Gómez (discípulo del anterior y autor de Los poemas arabigoandaluces, que tanta luz arrojó a
Esto respecto al cuento oral. Pero las sorpresas no se iban a acabar.
En 1987
En Literatura marroquí en lengua castellana se divide a los hispanistas marroquíes en dos generaciones: la primera, que va de la década de los cuarenta a los sesenta, incluyendo doce autores; y la segunda, que va de los setenta a los noventa, con veinticuatro. Junto a las biografías, se acompañan algunos fragmentos de sus escritos. Y un detalle a destacar: no todos los autores que aparecen profesan el islam, sino que también los hay judíos (a este respecto, en 2007, EntreRíos, Revista de Artes y Letras publicó un monográfico titulado Al-Ándalus, el paraíso, en donde asomaban muchos de los escritores incluidos en la antología de Mohamed Chakor y Sergio Macías, y con un aporte interesantísmo de autores que escriben en ladino).
Si bien los escritores marroquíes en lengua castellana se dedicaban al ensayo, a la poesía y, en menor medida, al relato, debieron pasar muchos años hasta que uno de ellos se atreviera con una novela. Esta labor la llevó a cabo Mohamed Sibari en 1993, con El Caballo.
Catorce títulos después (en los que se incluyen novelas, cuentos y poemas), este escritor de Larache nacido en 1945, nos ha traído un nuevo regalo para nuestros oídos (sí, oídos, ya que la suya es más una prosa oral que escrita, en donde el folclore se reinventa para reconstruir la historia del Marruecos colonial hasta nuestros días).
De Larache al cielo en su traducción al francés
Los cuentos de Mohamed Sibari siguen siempre un patrón muy estudiado, como observamos en Cuentos de Larache, Relatos de las Hespérides, Relatos del hammam, Pinchitos y divorcios, El babuchazo o, este último al que hacíamos referencia, Cuentos del Zoco Chico.
No por menos, Sibari encabeza las narraciones con una fórmula inicial del patrimonio narrativo marroquí: “Había lo que había. Que Dios sea en cada morada. Había lo que había, la albahaca y los lirios en el regazo del Profeta”. Todo responde al acervo de la cuentística marroquí, cuentística ancestral que se pierde en la noche de los tiempos. A buen seguro que, ese otro rastreador del folclore marroquí llamado Paul Bowles, hubiera disfrutado con las narraciones del larachense.
Paul Bowles y Mohammed Mrabet, la feliz
simbiosis entre el texto escrito y la oralidad
Heredero de la picaresca, que nos recuerda al Kitab al-bujalá (o Libro de los avaros) del escritor de Basora Al-Yahiz, por no nombrar las maqamat de las que Mohamed Akalay dejó un estupendo trabajo en Las maqamat y la picaresca: al-Hamadani y al-Hariri; Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache. Heredero de la fina ironía con que teje sus historias.
Mohamed Sibari
Baste un breve fragmento extraído de El caid Melali, uno de los relatos que comprenden el libro:
El viejo “alfaquih Zeruali” casó a su hijo menor Ali. El muchacho sólo tenía dieciséis años y, la novia, quince. El padre de la chica era una especie de Ibarretxe a la moruna. Aparte de persona conflictiva, tenía el vicio de pedir prestado a sus amigos, familiares y conocidos, nunca devolvía el dinero que le prestaban, y cuando se lo pedían, se enfadaba. Era también adicto a los pleitos y su dirección y código postal eran el caidato.
En el prólogo de El babuchazo, el escritor español nacido en Larache, Sergio Barce, nos dice:
Siempre he creído que Sidi Mohamed Sibari es un viejo zorro que juega con sus lectores para, con la sencillez de su verbo, con la candidez de sus tramas, someterlos a su crítica y a su compromiso moral y ético. Ya lo ha hecho en otros libros cuando, tras una divertida peripecia, censura a esos maridos que maltratan a sus mujeres o las utilizan para satisfacer su vanidad, o cuando, bajo una aparente historia anodina, florece su más ácido reproche a quienes utilizan el poder, el dinero o la posición para corromperse o corromper a los demás. Mohamed Sibari es, pues, el auténtico cuentista tradicional marroquí, pero que ha sustituido la plaza pública, el mercado o el zoco por la letra escrita.
Como conclusión, señalar que los cuentos de Yeha o Nasrudín tienen en Mohamed Sibari un alumno aventajado, digno sucesor de la fantasía y el buen gusto del folclore marroquí.
Aquéllos que tengan interés por esta fusión de culturas a través de los libros, en el siguiente enlace aparece un pequeño catálogo que compuso el Instituto de Cervantes de Casablanca en 2008:
http://www.cervantes.es/imagenes/File/biblioteca/casablancha_cartel_folleto.pdf
Y en éste otro hay una buena relación de libros con Larache como trasfondo:
www.laracheenelmundo.com/nueva/pdf/recomendados.pdf
Volviendo al post anterior, debemos decir que todo el mundo tiene sus zombis. Para que nos entendamos, si para Sartre el infierno eran los otros, los grupos discriminados siempre verán en el “otro” su zombi particular. El que es excesivamente obeso se sentirá acorralado por zombis. El feo de necesidad también. El judío, perseguido por legiones de zombis, sufrió una pandemia llamada nazismo. Los palestinos tienen sus zombis en los israelíes.
Lo demás está en las hemerotecas, o bien en un magnífico libro de Edmund White titulado La hermosa habitación está vacía.
Es evidente que en cada país la lucha por los derechos de los homosexuales se vive de forma distinta, pero Stonewall significó la globalización de esta lucha, la resistencia.
Pero esta particular Guerra Mundial Z estaba en pañales. Se había ganado una batalla, pero había muchos frentes.
En 1986 se introdujo una enmienda al Acta de Gobierno Local en el Reino Unido llamada
Aquí entró en escena el escritor y guionista de cómics Alan Moore. Este autor nacido en Northampton en 1953, conocido por obras como V de Vendetta, La saga de
The mirror of love vuelve a ser noticia gracias a su traducción en Ediciones Kraken: El espejo del amor.
Los culpables de este proyecto se llaman José Villarrubia y Roberto Bartual. El primero aporta la amistad que tiene con Alan Moore, con quien ya colaboró en Promethea y en su novela Voice of the fire, y un magnífico material fotográfico que acompaña al texto, fusionando el poema épico con las imágenes de tal modo que el aporte visual convierte la lectura en una experiencia inolvidable, donde queda coaligado el amor y el arte. La versión al castellano se la debemos a Roberto Bartual, escritor y traductor que, entre otras obras, cabe destacar la celebrada traducción de Cumbres borrascosas (que por primera vez en España incluyó las ilustraciones de Balthazar Klossowski de Rola, más conocido por Balthus) en ese otro buque insignia de la calidad y el buen gusto, Artemisa Ediciones.
Los precedentes están ahí, en nuestra biblioteca. Platón ya nos narró en Timeo y Critias el destino de
Nuestra cultura, hecha de pecado, culpa y expiación (que son las enseñanzas judeocristianas), no se ha podido quitar semejante sambenito.
Si añadimos a estos precedentes la idea de Juicio Final que nos persigue desde el Apocalipsis de San Juan, veremos que lo nuestro es un viaje milenario hacia la oscuridad, hacia nuestra destrucción. La gracia está en que no sabemos quién coño escribió de verdad el Apocalipsis, ya que se le atribuye a Juan el Evangelista simplemente porque se trata de su tocayo y dice haber sido testigo directo de la existencia de Jesús.
El caso es que la obsesión por el Final estaba ahí. Nuestra historia podía terminar en cualquier momento con un desastre natural o un virus.
Sin embargo, toda esa cosmogonía (sí, cosmogonía, porque todo Big Bang tiene su Big Crunch, ya que el universo está hecho de contracciones) se hace realidad en el siglo XX, sin la necesidad de contar con una mano invisible que juegue a los dados. El hombre (la ludopatía, como muchos de los páthos, corresponde a los seres humanos) es un jugador profesional, y a estas alturas del cuento se vale bien solito para manejar el cubilete y tentar a la suerte: había creado el arma nuclear y después el bacteriológico. Ahí es nada. ¡Menudo envite a ese dios viciosillo!
Pues eso. Y la literatura no ha sido ajena al dilema existencial. Bastaron Hiroshima y Nagasaki para que se viera que la cosa iba en serio. Y luego
Y el primero en plantearse “qué pasaría si…” fue Nevil Shute, un escritor australiano que le daba al best seller. Su éxito inmediato fue On the beach, que a España nos llegó de la mano de Reno con una reinterpretación del título: La hora final. Tuvo su película, como no podía ser menos, con Ava Gardner y Gregory Peck. Taquillazo. Pero ya nadie se acuerda de este libro de 1957.
El caso es que la novela de Shute tiene su interés por lo que al post-Apocalipsis se refiere. El desastre atómico ya se ha producido, el mundo se ha acabado. Sin embargo hay un lugar en donde la vida sigue su curso: en Australia. Unos meses más y la nube radiactiva llegará allí, pero mientras tanto la gente continua como si nada, aunque ya empieza a escasear el combustible. El granjero siembra el campo para la siguiente cosecha. La mujer embarazada de pocos meses cose la ropita de su futuro niño. Las escuelas se siguen llenando con estudiantes ansiosos de conocimiento… Incluso el norteamericano Dwight Towers, capitán de submarino, compra souvenirs para cuando regrese a su país y se reencuentre con su mujer y sus hijos (cosa imposible porque sabe que todos han muerto). En estas horas finales cabe hasta el amor. Y, francamente, el efecto, esa resignación a la nada, produce una sensación angustiosa.
Destaco este libro en particular porque es el primero que trata el fin del mundo mediante un desastre nuclear de forma verosímil.
Sobre posibles finales tras
El día de los trífidos (1951), de John Wyndham: catástrofe natural y experimento científico.
El clamor del silencio (1952), de Wilson Tucker: una guerra bacteriológica.
Limbo (1952) de Bernard Wolfe: novela cyberpunk y anti-utopia tras
Cántico por Leibowitz (1960) de Walter M. Miller: desastre nuclear y lucha por recuperar los textos escritos que conservan el saber de la humanidad.
La sequía (1964) de J. G. Ballard: contaminación y sequía.
Barbagris (1964), de Brian W. Aldiss: desastre nuclear, esterilidad y envejecimiento de la población.
Fuga para una isla (1972) de Christopher Priest: superpoblación e inmigración (Jack London tiene un relato futurista que transcurre en 1976, llamado La invasión).
El rebaño ciego (1972): de John Brunner: más contaminación y enfermedades.
En la deriva (1985), de Michael Swanwick: fusión nuclear y darwinismo social.
Como se puede ver, para gustos están los colores. Sin embargo todas estas obras pertenecen a la ciencia-ficción o al technothriller, y con frecuencia advertimos la falta de verosimilitud.
En el cine también tenemos ejemplos: El tiempo en sus manos (1960), Kamikaze 1999 (1983), El día después (1983), Cuando el viento sopla (1986), 70 Minutos para huir (1988)… El lector puede añadir el título que se le ocurra.
La carretera de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) bebe de lo arriba expuesto, con la salvedad de que su obra traspasa fronteras para hacer una reflexión profundísima sobre el camino que lleva la humanidad, y se sirve de un realismo y un verismo que nos pone los pelos de punta. La novela fluye lenta, con calma, pero al mismo tiempo el lector sentirá una tensión que le imposibilitará separarse del libro hasta que lo haya acabado.
La trama se desarrolla siempre en ese escenario que anticipa el título. Y no necesita de más. El paisaje que rodea todo, lleno de una ceniza que hace necesario el uso de mascarillas, es de un desasosiego inabarcable, como el drama que sienten sus protagonistas: un padre y su hijo. En ellos se focaliza la acción, avanzando por la carretera, resguardándose del frío de la noche (una noche abisal, sin luna, sin estrellas), buscando alimentos (botes de conserva), evitando a otros hombres iguales que ellos pero que han dado un paso atrás en la evolución, de tal modo que se han convertido en caníbales.
Esta idea del canibalismo es seguramente una de las cosas que más nos sobrecoge, y seguramente figura como uno de los crímenes más atroces que se le puede imputar al ser humano. Por eso nos viene a la cabeza la imagen de ese otro género de la ciencia-ficción y post-apocalíptico: el de los zombis. Si nos ceñimos al patrón, tendremos que decir que la mayoría de las obras post-apocalípticas, en donde vemos una excisión clara entre “hombres buenos” y “hombres malos”, tienen esa idea implícita del zombi (recordemos que el Apocalipsis de San Juan habla sobre la resurrección de los muertos y la supervivencia de unos pocos).
La versión en cine de La carretera (a la espera del estreno con un Viggo Mortensen roñoso y desvalido), tiene un antecedente en El tiempo del lobo (2003) de Michael Haneke, una película que habla de cosas parecidas, aunque otros muchos emparentan la novela de McCarthy con el tríptico de Mad Max. Creo que no, o por lo menos ésa no es mi impresión.
La carretera se lee con ojos de lobo, de depredador. Nos relamemos con sus frías descripciones, con sus diálogos punzantes (simples, directos), y a McCarthy no le hace falta decir más (aunque muchas voces han criticado esa forma de dialogar):
Tú crees que vamos a morir, ¿verdad?
No sé.
No nos vamos a morir.
Vale.
Pero no me crees.
No sé.
¿Por qué piensas que vamos a morir?
No sé.
Deja de decir no sé.
Vale.
Habla el padre con el hijo. El padre protector, que sacrificará su vida si hace falta para que su hijo viva. El hijo representa la inocencia, la esperanza, a pesar de haber nacido después del desastre nuclear.
Se han dicho ya muchas cosas sobre Cormac McCarthy y La carretera, y este post me ha quedado demasiado largo, por eso creo que ya está bien de escribir. Si quieres leer una novela magnífica (antes de que el cine haga a los editores poner una fajita indicando “La novela sobre la que se inspira la película”, como más o menos pasó con No es país para viejos, la anterior ficción de McCarthy), te animo a que leas La carretera, una novela que fue premio Pulitzer 2007, visionaria e imprescindible para nuestra biblioteca del siglo XXI, y por lo tanto, de la literatura universal.